Donald Trump dijo que el régimen cubano caerá “muy pronto” y colocó de nuevo a La Habana en el centro de su discurso sobre política exterior, esta vez en una entrevista sobre la ofensiva militar de Estados Unidos e Israel contra Irán. El presidente estadounidense aseguró además que Cuba tiene “muchísimas ganas” de negociar con Washington.
La frase llega en un momento en que el castrismo sigue aferrado al poder con el mismo libreto de siempre: control político, propaganda y represión interna. Trump habló de una Cuba “desesperada” por cerrar un trato con su administración y dejó claro que, por ahora, la Casa Blanca concentra su atención en la campaña contra Irán. La señal es política y también revela hasta qué punto la isla aparece atrapada en una ecuación que el régimen nunca ha podido resolver dentro de sus fronteras.
El mandatario republicano insistió en que los cubanos “quieren llegar a un acuerdo” y dijo que el manejo de ese contacto quedó en manos de su secretario de Estado, Marco Rubio. También afirmó que lleva “50 años observándola” y que Cuba está “lista” después de medio siglo, una frase que retrata la persistencia de un modelo agotado que el régimen vende como resistencia mientras hunde al país en escasez, exilio y desgaste social.
Un día antes, Trump había ido más lejos al decir que la caída de Cuba sería “la cereza del pastel” después de la operación de enero contra Nicolás Maduro en Venezuela. Ese comentario vuelve a poner sobre la mesa la dependencia de La Habana respecto a sus alianzas autoritarias en la región y la fragilidad de un poder que necesita apoyos externos para ganar tiempo mientras la crisis interna sigue golpeando a la población cubana.
Los reportes sobre contactos recientes entre Marco Rubio y Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, apuntan a movimientos preliminares alrededor de la isla. Las versiones hablan de conversaciones sobre posibles reformas económicas graduales y una retirada escalonada de sanciones, aunque por ahora el panorama descrito es de contactos y no de una negociación cerrada.
Más allá del ruido diplomático, el episodio deja una lectura incómoda para el régimen: Cuba vuelve a aparecer en Washington como un problema político pendiente, no como un sistema sólido. Cada vez que la Casa Blanca mira hacia La Habana, queda expuesta la vulnerabilidad de una dictadura que sobrevive de maniobra en maniobra mientras traslada el costo de su fracaso a los cubanos de a pie.

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