El turismo cubano se hunde y agrava la crisis del régimen

La postal turística de La Habana ya no alcanza para esconder la ruina. Entre autos clásicos, restaurantes vacíos y conductores que esperan clientes bajo el sol, la capital muestra el golpe de una caída que ha dejado al turismo cubano en su peor momento de los últimos años. Miles de familias que viven de esa actividad miran cómo se encoge una de las pocas fuentes de divisas que el régimen todavía exhibía como vitrina.

El desplome es claro: el número de visitantes cayó a más de la mitad desde 2018. La pandemia, los apagones severos y el aumento de las sanciones estadounidenses terminaron de empujar al sector hacia abajo, en un país donde la infraestructura se sostiene con dificultad y los servicios básicos fallan con frecuencia. El golpe no solo afecta a hoteles y agencias; arrastra a choferes, vendedores callejeros y pequeños negocios que dependían del movimiento de turistas para sobrevivir.

Reymundo Aldama, conductor de un Ford Fairlane convertible de 1957, resume el desastre con una frase seca: espera trabajo y casi nunca aparece. Antes podía llevar turistas a cualquier hora; ahora apenas consigue uno o dos por jornada y se ha visto obligado a rebajar precios. La escena se repite en el malecón y en otras zonas de La Habana, donde los espacios que antes bullían de visitantes hoy quedan ocupados por cubanos que pescan, conversan o simplemente aguardan algo que no llega.

Gaspar Biart, chofer de un autobús turístico de dos pisos, también ha visto el cambio desde el volante. Dice que donde antes salían varios vehículos llenos, ahora circulan unidades casi vacías. Su testimonio retrata una economía que depende de la llegada de extranjeros para sostener una actividad elemental, mientras el régimen insiste en administrar la crisis con consignas y excusas.

La situación se complica todavía más por la caída de los envíos de petróleo desde Venezuela, el principal sostén político y económico de la isla. Esa interrupción amenaza con empujar a Cuba hacia una crisis todavía más dura, justo cuando ya sufre apagones, falta de agua, basura acumulada y una escasez que aprieta la vida diaria. La dependencia del régimen respecto a aliados externos vuelve a dejar al descubierto la fragilidad de un modelo que nunca levantó una base propia para el país.

Rosbel Figueredo Ricardo encarna ese deterioro en el día a día. Vende chiviricos desde el amanecer hasta la noche, mantiene a tres hijos, espera otro y trabaja en una ocupación muy por debajo de su formación técnica. Antes cargaba 150 bolsas; ahora apenas 50, y muchas veces no vende ninguna. Cuando no encuentra turistas, busca compradores cerca de la embajada española, entre las colas de cubanos que intentan salir de la isla. Esa imagen dice más que cualquier discurso oficial: el turismo se contrae, la gente se aferra a lo que puede y el régimen sigue sin dar una salida real.

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