En la Cuba de hoy, el turismo quedó convertido en una vitrina para la cúpula del poder y en otro mecanismo de humillación contra quienes sostienen el país con su trabajo y su escasez. El régimen exhibe playas, hoteles y consumo como si fueran señales de prosperidad, mientras la realidad cotidiana del cubano común sigue marcada por la miseria que ese mismo sistema impone.
La industria turística, presentada durante años como una tabla de salvación, termina funcionando como un engranaje más de la desigualdad. Lejos de abrir oportunidades reales para la población, sirve para apuntalar privilegios arriba y para maquillar, ante dentro y fuera de la isla, el fracaso de un modelo que concentra beneficios en una élite protegida por el poder político.
La contradicción es visible y obscena. El pueblo mira desde afuera, soporta la escasez y ve cómo el régimen utiliza el turismo como escaparate de una prosperidad ajena, construida sobre la exclusión de la mayoría. En la Cuba castrista, ese negocio no reparte bienestar: reparte propaganda, dinero para unos pocos y desprecio para los mismos de siempre.
El resultado es un país donde la vitrina turística oculta el deterioro social y donde cada anuncio de desarrollo termina recordando quién manda, quién cobra y quién paga. El turismo se convierte así en símbolo de un sistema que enriquece a la cúpula y deja a las víctimas atrapadas en la pobreza, sin acceso a los frutos de una riqueza que el régimen administra como botín propio.

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