La Unesco salió en La Habana a reclamar financiamiento urgente para sostener la educación en Cuba, golpeada por la crisis de combustible y por las restricciones que el régimen ha tenido que aplicar para capear el derrumbe energético. El aviso vuelve a dejar al descubierto una realidad incómoda: ni la escuela escapa al desgaste de un país administrado a base de racionamientos y parches.
La directora de la oficina regional del organismo, Anne Lemaistre, pidió a los socios internacionales movilizar fondos “flexibles, rápidos y sostenidos” para que los niños, niñas y adolescentes cubanos puedan seguir estudiando “de manera segura” en los meses por venir. La propia Unesco dijo que trabaja junto al Ministerio de Educación para precisar necesidades y responder a la “situación compleja” causada por las restricciones externas que frenan la importación de combustible.
Detrás de esa fórmula diplomática está el golpe directo del plan de emergencia que el régimen impuso para contener la crisis: sanidad y transporte en servicios mínimos, combustible severamente racionado y restricciones que terminaron alcanzando también al sistema educativo. Cuando los maestros no pueden trasladarse con normalidad y faltan papel, cuadernos y otros recursos elementales, la escuela cubana paga una factura que la propaganda oficial no logra esconder.
La Unesco reconoció además que la presión del bloqueo petrolero de Estados Unidos se refleja en la carencia de materiales, en las trabas para renovar mobiliario, equipamiento e infraestructura y en una cadena de limitaciones que deja a los centros docentes dependiendo de auxilios externos. Entre las metas que el organismo quiere articular figuran que la mitad de las escuelas tenga acceso a energía sostenible, que un 50 % cuente con huertos y prácticas de educación nutricional, y que los cerca de 80.000 docentes más afectados reciban recursos y apoyos complementarios.
La viceministra cubana de Educación, Cira Piñeiro, admitió que la coyuntura provoca limitaciones de recursos y afecta también el transporte de los profesores. Esa confesión confirma que la crisis no se queda en los discursos oficiales: entra en las aulas, golpea a los maestros y termina castigando a las familias que dependen de una enseñanza cada vez más frágil.
La educación, que el régimen ha exhibido durante décadas como una de sus grandes vitrinas políticas, aparece ahora atrapada en la misma precariedad que el resto de la vida nacional. Si una escuela necesita fondos internacionales para sostenerse, energía sostenible para funcionar y apoyos complementarios para no colapsar, el problema va mucho más allá del combustible. Habla de un modelo agotado, de prioridades fallidas y de un Estado que ya no logra garantizar ni lo más básico.
La Unesco pidió financiamiento urgente para sostener la educación en Cuba, golpeada por la crisis de combustible, el racionamiento y la escasez de recursos.[8][

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