Venezuela derrotó 3-2 a Estados Unidos en la final del Clásico Mundial de Béisbol y levantó por primera vez el trofeo en una noche de pura tensión en el loanDepot Park de Miami. El triunfo, sellado con un ponche en el último out, desató la celebración de una multitud mayoritariamente venezolana que llenó el estadio de La Pequeña Habana.
La victoria llegó en un partido que cambió por completo el guion esperado. Lo que apuntaba a un choque ofensivo terminó convertido en un duelo de pitcheo, con Eduardo Rodríguez dominante durante 4.1 entradas y apenas un hit permitido a la ofensiva estadounidense. Venezuela abrió el marcador en el tercer inning con sencillo de Salvador Pérez, boleto a Ronald Acuña Jr., wild pitch y elevado de sacrificio de Maikel García, elegido Jugador Más Valioso del certamen.
Después vino la sacudida de Wilyer Abreu en el quinto, cuando amplió la ventaja con jonrón solitario. El manager Omar López tomó entonces una decisión arriesgada al sacar a Rodríguez con solo 57 lanzamientos y dejar el cierre en el bullpen. Esa apuesta casi le cuesta el campeonato, porque Bryce Harper empató el juego en el octavo con un cuadrangular de dos carreras ante Andrés Machado.
Venezuela respondió de inmediato. En la parte alta del noveno, Luis Arraez negoció boleto y Eugenio Suárez disparó el doblete que empujó la carrera decisiva. A partir de ahí, el equipo suramericano sostuvo la ventaja y cerró una coronación que entra de lleno en su historia beisbolera, hasta ahora muy rica en tradición y mucho más pobre en títulos internacionales.
La final también dejó en evidencia las grietas de Estados Unidos. Mark DeRosa apostó por alineaciones discutibles y terminó recurriendo a un abridor de segunda línea, Nolan McLean, en un juego de corona. La ausencia de varios lanzadores de élite y el discreto aporte ofensivo de Aaron Judge ayudaron a inclinar una serie que terminó favoreciendo al equipo más oportuno y mejor ejecutado en el momento clave.
Para Venezuela, el título tiene peso deportivo y también simbólico: fue la confirmación de una generación que consiguió, en Miami y ante una multitud propia, el mayor triunfo del béisbol de ese país desde su título amateur de 1941 en La Habana.

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