Washington estudia mandar pequeñas cantidades de combustible a Cuba para sostener la cocción de alimentos y el bombeo de agua, una medida de alivio que aparece cuando la Isla ya arrastra recortes de electricidad, una semana laboral de cuatro días y menos horario escolar por la escasez energética.
La información, citada por The Economist, llega después de que Estados Unidos aplicara el 29 de enero un embargo efectivo sobre los envíos de petróleo extranjero a la Isla, al imponer aranceles a cualquier país que mandara combustible. La decisión dejó al régimen con menos margen para maquillar la fragilidad de su modelo y volvió a exhibir la dependencia cubana de decisiones tomadas fuera de La Habana.
La falta de diésel y gas golpea lo más básico: cocinar y garantizar el agua. Cuando esos servicios se tambalean, la crisis deja de ser un asunto diplomático y entra en la mesa de cada familia cubana. El régimen responde con medidas de emergencia que confirman el fracaso de un sistema incapaz de sostener por sí mismo necesidades elementales.
La revista británica coloca a Marco Rubio en el centro de esa ecuación. Dice que el secretario de Estado, de 54 años y origen cubano, también actúa como asesor interino de seguridad nacional, lo que lo convierte en una figura decisiva dentro del gabinete de Donald Trump. En esa lectura, la política hacia Cuba queda marcada por el peso de un funcionario que conoce de cerca el costo político del expediente cubano en el sur de Florida.
También pesa la presión del exilio. The Economist cita a Ricardo Herrero, del Cuba Study Group, quien considera que para Rubio este es un momento favorable. Al mismo tiempo, recoge que entre muchos de los 2,5 millones de cubanoamericanos prevalece una línea dura, compartida por los tres congresistas de origen cubano de esa zona, que empujan medidas más severas como cortar las remesas familiares y frenar todos los vuelos de aerolíneas estadounidenses a la Isla.
Ese forcejeo deja al descubierto la debilidad del castrismo: cada vez que la economía se aprieta, el régimen intenta convertir el sufrimiento interno en palanca de negociación. La Casa Blanca, según la revista, no parece dispuesta a ir tan lejos en las sanciones y más bien espera que la escasez obligue a La Habana a sentarse a hablar. Pero los funcionarios cubanos han rechazado la idea de avances sustantivos y han dicho que las conversaciones siguen siendo preliminares.
La propia posición del régimen confirma el callejón sin salida. Dice estar abierto al diálogo, pero insiste en no tocar su sistema comunista de partido único. Esa fórmula ya es conocida: pedir oxígeno sin soltar el control político que mantiene atada a la Isla. Mientras tanto, la crisis energética sigue pasando factura en los hogares, en las escuelas y en los servicios básicos.
The Economist advierte que, si el régimen se mantiene inflexible, Rubio podría enfrentar una presión creciente para endurecer su postura, con costos políticos y humanitarios. El artículo también relativiza el paralelo con Venezuela y describe al régimen cubano como más homogéneo e ideológico, con fuerzas de seguridad más adoctrinadas y menos recursos que el chavismo. Esa comparación deja una conclusión incómoda para La Habana: Cuba llega a este pulso con un país más exhausto, menos combustible y menos salida que nunca.

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