El Washington Post volvió a poner el dedo en la llaga del desastre cubano. En un editorial reciente, el diario estadounidense retrata a Miguel Díaz-Canel como un gobernante cada vez más debilitado por una crisis que el régimen ya no logra esconder detrás de la propaganda ni del guion gastado de culpar a Estados Unidos de cada hundimiento.
El texto, titulado “The regime in Cuba does not have the cards”, describe una Cuba atrapada en un deterioro que avanza sin freno. Los apagones, la escasez de combustible y la caída de los servicios básicos aparecen como señales visibles de un sistema agotado, incapaz de sostener la vida cotidiana de los cubanos y de ofrecer una salida real a la crisis.
El editorial señala además que la narrativa oficial pierde fuerza frente a una población que vive el colapso en carne propia. La explicación repetida por La Habana, centrada en las presiones de Washington, choca con una realidad más dura: inmovilidad, fracasos acumulados y una incapacidad evidente para corregir el rumbo. Según el Post, la debilidad de Díaz-Canel es tal que lo único que Estados Unidos podría negociar con él sería el momento de su salida del cargo.
Con esa lectura, el régimen queda expuesto como una estructura sin recursos políticos ni económicos para recomponer su posición. El diario destaca la vulnerabilidad extrema del lado cubano y sitúa los movimientos diplomáticos recientes en ese marco de desventaja brutal. La imagen de estabilidad que La Habana intenta vender al exterior se deshace frente al apagón, la escasez y el agotamiento de los servicios esenciales.
El Washington Post añade un dato que agrava todavía más el cuadro: las autoridades de la isla presentaron un plan de contingencia para administrar los escasos recursos disponibles para generar electricidad y proveer combustible, mientras las reservas de energía se agotan. A eso se suma la advertencia del experto petrolero Jorge Piñón, quien aseguró que esas reservas podrían rendir “un par de meses más”, dejando sobre la población la incertidumbre de lo que vendrá después.
La señal política del editorial es clara. El poder cubano sigue aferrado al control, pero ya luce como un aparato desgastado, sin respuestas y sostenido a costa del pueblo. Cada apagón, cada carencia y cada promesa rota confirma una decadencia que el régimen intenta negar, pero que se impone sobre la vida diaria de los cubanos.

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