La muerte de 32 efectivos cubanos mientras protegían a Nicolás Maduro dejó expuesta la presencia del aparato castrista en la seguridad del mandatario venezolano. La cifra confirma que La Habana no se limita a dar respaldo político; también coloca hombres propios en la custodia directa del poder en Caracas.
Autoridades de la isla admitieron las bajas y con ese reconocimiento rompieron parte del silencio con que el régimen suele cubrir sus compromisos militares fuera de Cuba. Ese dato confirma la dimensión real de una operación que compromete al castrismo en la defensa de un proyecto autoritario extranjero, con personal propio y costo humano incluido.
El general retirado Antonio Rivero explicó cómo se organiza la escolta cercana de Miraflores y detalló la sombra cubana que acompaña a Maduro. Su señalamiento deja ver una dependencia política y operativa que amarra a La Habana a la protección de un enclave de poder en Venezuela.
La cifra de muertos también golpea a Cuba por el lado más sensible: muestra el precio de una política exterior sometida a alianzas de control y lealtad ideológica, mientras la isla sigue atrapada en carencias. El régimen sostiene fuera de sus fronteras una estructura de protección para otro poder autoritario, mientras dentro del país acumula sacrificios, silencio y miseria.

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