Cuba vive una secuencia de apagones cada vez más largos y más brutales, con La Habana incluida en una oscuridad que ya no distingue centros de periferia. La capital, que durante años recibió un trato menos severo que el resto del país, también quedó atrapada en la misma ruina eléctrica que castiga al cubano de a pie en todo el territorio.
En Guanabacoa, la activista Maritza Concepción describió una rutina asfixiante: los cortes empiezan desde temprano y muchas veces la electricidad no vuelve hasta la noche. Su denuncia retrata una realidad que el régimen intenta maquillar con discursos y partes técnicos, mientras la gente no puede cocinar, no puede guardar alimentos y tampoco puede sostener una vida doméstica mínima.
La crisis golpea también el agua, porque sin corriente no hay bombeo estable ni servicio confiable. En Santo Suárez, Dunia Medina explicó que después de ceremonias oficiales en La Habana los apagones regresaron con más duración, dejando a las familias otra vez a merced de un sistema eléctrico colapsado y de una burocracia incapaz de responder con honestidad.
Fuera de la capital el panorama resulta todavía más duro. Desde Baracoa, el comunicador Emilio Almaguer aseguró que la electricidad apenas llega para dos horas al día y que con frecuencia amanece sin luz. Ese dato resume el fracaso de un modelo que no garantiza ni lo elemental y condena a provincias enteras a una vida de penuria continua.
La propia Unión Eléctrica reconoció un déficit de unos 1.875 megavatios en los momentos de máxima demanda. Lázaro Guerra Hernández, director general de Electricidad del Ministerio de Energía y Minas, admitió además que la generación distribuida está prácticamente fuera de servicio por falta de combustible diesel. La admisión confirma lo que ya sufre la población: el sistema está sostenido sobre parches, improvisación y escasez.
El régimen insiste en sumar alguna unidad térmica fuera del pico de demanda, pero el problema de fondo sigue intacto. Sin combustible, la red eléctrica cubana se derrumba pieza por pieza y arrastra consigo la comida, el agua, el trabajo y la vida cotidiana de millones de personas.
A ese cuadro se suma la advertencia del especialista Jorge Piñón, quien señaló que Cuba enfrentaría un colapso económico de gran magnitud si pierde el suministro de petróleo procedente de Venezuela. En un país ya hundido por la ineficiencia estatal y la dependencia externa, la electricidad dejó de ser un servicio básico para convertirse en otra prueba del fracaso del castrismo y de su incapacidad para sostener incluso lo más elemental.

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