Cuba volvió a quedar atrapada en la combinación más cruel de la crisis que el régimen ha administrado durante años: apagones, falta de gas y hogares obligados a enfrentar temperaturas invernales sin poder cocinar ni alumbrarse con normalidad. La vida cotidiana se estrecha hasta lo mínimo cuando la electricidad desaparece y la comida depende de recursos que tampoco están garantizados.
La crisis energética deja a comunidades enteras a oscuras y arrastra consigo la crisis alimentaria. Sin corriente no hay refrigeración, no hay cocción segura y no hay alivio para las familias que ya viven al límite. El resultado es una presión doble sobre los hogares cubanos, que cargan con la escasez y con el frío al mismo tiempo.
El régimen sigue exhibiendo su incapacidad para sostener servicios básicos mientras la población paga la factura completa del colapso. La escasez de energía no se queda en las plantas ni en los circuitos eléctricos: entra en las casas, golpea la mesa y convierte cada jornada en una pelea por resolver lo elemental. En medio de esa precariedad, la promesa oficial de normalidad vuelve a chocar con la realidad de un país empobrecido y mal atendido.

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