La Habana desafía las sanciones de Trump y blande el “patria o muerte”

El régimen cubano respondió con el libreto de siempre ante la nueva presión de Washington: consignas, victimismo y desafío verbal. Tras la decisión de Estados Unidos de imponer aranceles a países que vendan o suministren petróleo a la isla, La Habana aseguró que enfrentará la medida con “firmeza” y volvió a refugiarse en el lenguaje de guerra política que ha usado durante décadas para tapar su fracaso económico.

En su comunicado, el régimen insistió en que Estados Unidos “se confunde” si cree que la presión económica hará caer a Cuba. También dijo estar dispuesto a sostener un diálogo “serio, responsable y basado en el derecho internacional”, siempre que no haya “injerencia en los asuntos internos”. La fórmula es vieja: pedir interlocución mientras se clausura cualquier concesión política, y convertir cada exigencia externa en una excusa para blindar el control interno.

La respuesta llegó después de que la Casa Blanca publicara la orden ejecutiva y en un momento en que el propio aparato cubano admite, de hecho, una asfixia energética que ya golpea a la población. La presión de Washington se suma a un déficit crónico de combustible que se ve en los apagones diarios, en la paralización económica y en la precariedad de una isla que no tiene divisas suficientes para importar el petróleo que necesita.

El comunicado oficial también agitó la consigna de “patria o muerte” y acusó a Washington de pretender “rendir y destruir” un proceso político que define como “genuino y legítimo”. En esa narrativa, el régimen vuelve a presentarse como víctima de una agresión permanente, mientras oculta que la ruina energética, la escasez y el derrumbe de los servicios responden primero a su propio modelo de control absoluto y dependencia externa.

Díaz-Canel se sumó al tono beligerante en X y calificó la medida como expresión de una supuesta naturaleza “fascista, criminal y genocida” de la administración estadounidense. También descalificó los argumentos de la orden ejecutiva, que incluye la alineación de La Habana con Rusia y otros “actores malignos”, la acogida de bases de espionaje y grupos terroristas transnacionales, así como la persecución y tortura de opositores y la negación de derechos humanos en la isla. La respuesta oficial evitó confrontar el fondo de esas acusaciones y se limitó a repetir la retórica gastada de la propaganda castrista.

El golpe llega en el peor momento para una economía ya desfondada. Cuba precisa unos 110.000 barriles diarios de petróleo, según distintas estimaciones, y apenas cerca de 40.000 salen de su propia producción, destinada sobre todo a sostener las termoeléctricas. Venezuela, su proveedor histórico, le entregó en 2025 alrededor de 27.000 barriles diarios, muy por debajo de los volúmenes de años anteriores. México aportó entre 6.000 y 12.000 barriles diarios el año pasado, mientras Washington incrementaba la presión sobre ese país. La ecuación es brutal: menos combustible, más apagones y más hambre para la población, mientras el régimen insiste en culpar a otros de una crisis que lleva décadas administrando con cinismo y represión.

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