La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, abrió la posibilidad de que su país sirva de mediador entre Cuba y Estados Unidos, aunque dejó claro que cualquier paso de ese tipo depende por completo de la voluntad de ambas partes. En su mensaje, México se ofrece como puente, pero sin asumir un papel que no puede imponer por sí solo.
Sheinbaum insistió en que Cuba es un país soberano e independiente, igual que Estados Unidos, y dijo que México “siempre ha puesto la mesa” para atender conflictos en distintos momentos de su historia. La frase resume una postura diplomática conocida: disposición a intervenir, prudencia para no comprometerse más allá de lo posible y distancia frente a un choque que supera a la diplomacia mexicana.
La declaración llega en medio de una relación bilateral cargada de tensiones, agravadas por el anuncio del presidente Donald Trump de aranceles a países que envíen petróleo a la isla. Ese movimiento vuelve a poner sobre la mesa la dependencia energética del régimen cubano y la vulnerabilidad de una economía sostenida por parches, presión externa y promesas vacías.
Para La Habana, cualquier conversación sobre mediación termina chocando con el mismo límite: el castrismo ha convertido la crisis en costumbre y la dependencia en método de supervivencia. México puede ofrecer el escenario, pero el problema de fondo sigue siendo un régimen incapaz de resolver por sí mismo la ruina que arrastra al país.

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