Embajador cubano en México repite propaganda mientras la crisis aprieta

El embajador del régimen cubano en México, Eugenio Martínez Enríquez, aprovechó una presentación cultural en Ciudad de México para volver a la retórica de siempre: “resistencia y victoria”, denuncia del embargo y exaltación de la supuesta lucha histórica contra el imperialismo. El acto, organizado junto al Instituto Nacional de Formación Política de MORENA, sirvió de vitrina para una diplomacia que sigue hablando en tono épico mientras Cuba se hunde en la escasez y los apagones.

La intervención no aportó una sola salida real para la crisis que vive la isla. Al contrario, confirmó la línea discursiva del régimen: culpar de todo a Estados Unidos, negar la responsabilidad del modelo y vestir de épica una realidad marcada por el deterioro del nivel de vida, los cortes eléctricos y la parálisis económica. Hasta el propio comunicado de la embajada terminó reconociendo, de forma indirecta, esa caída, aunque la atribuyó exclusivamente al “bloqueo ilegal”.

Ese es el centro del problema. Mientras la maquinaria oficial insiste en consignas sobre imperialismo, barbarie y fascismo, la vida cotidiana de los cubanos sigue atrapada en un país donde faltan energía, producción y respuestas. La narrativa exportada por los diplomáticos del castrismo intenta sostener una imagen de fortaleza ideológica, pero en los hechos revela un sistema incapaz de explicar su propio fracaso sin echarle la culpa al exterior.

El contexto mexicano le da otra capa a la escena. México se convirtió en un apoyo importante para La Habana cuando se debilitó el sostén venezolano, y durante los años recientes crecieron la cooperación sanitaria, los vínculos energéticos y la presencia de médicos cubanos. Ahora ese margen es más estrecho, con más presión de Washington y un entorno regional menos cómodo para el régimen. La respuesta de la embajada es refugiarse en la propaganda, como si la consigna pudiera tapar la fragilidad material que arrastra Cuba.

La presentación de Caliban, de Roberto Fernández Retamar, terminó funcionando menos como un ejercicio intelectual que como una reafirmación política del aparato exterior cubano. El mensaje fue claro: insistir en el relato revolucionario para maquillar una crisis interna que ya no se resuelve con discursos. En esa brecha entre la épica y la realidad queda expuesto, una vez más, el costo de un modelo que sobrevive denunciando al mundo mientras mantiene al cubano común pagando la factura.

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