Trump amenaza con castigar a países que envíen petróleo a Cuba

La amenaza de Donald Trump de imponer aranceles a cualquier país que venda o suministre petróleo a Cuba cayó como otro golpe sobre una isla ya hundida en los apagones, la escasez y el miedo cotidiano. En muchos hogares la noticia tardó en correr porque el país amaneció, una vez más, en la oscuridad. Cuando finalmente se supo, lo que dominó fue la sensación de que cada nueva restricción internacional aprieta todavía más a una población exhausta y deja al régimen sin aire para sostener una economía desplomada por su propia ruina.

El malestar no se limitó a los círculos políticos de La Habana. Entre la gente común afloró la ira de quienes llevan años sobreviviendo entre cortes eléctricos generalizados, falta de bienes básicos y combustible insuficiente. Lázaro Alfonso, jubilado de 89 años, resumió esa desesperación con crudeza: dijo que esto parece una guerra. Su memoria del Período Especial le sirve para medir el tamaño del desastre actual, pero aun así asegura que la crisis de hoy es peor, marcada por una infraestructura en ruinas y por una vida diaria cada vez más cercana al colapso.

El régimen respondió con el libreto de siempre. Miguel Díaz-Canel calificó la medida de Trump como “fascista, criminal y genocida”, mientras Bruno Rodríguez la presentó como una amenaza “inusual y extraordinaria”. Desde Caracas también llegó la condena del gobierno de Venezuela. Pero detrás de esa retórica está la realidad que la propaganda oficial intenta tapar: Cuba depende del petróleo externo para sostener su transporte, su generación eléctrica y buena parte de la actividad económica. Sin combustible, el país se apaga. Y cuando se apaga, el castigo lo paga la familia cubana, no la nomenclatura que manda desde el poder.

La preocupación se concentra ahora en el futuro inmediato de los envíos de crudo. México había pasado a ser un proveedor clave junto con Rusia, después de que las sanciones de Estados Unidos frenaran el suministro venezolano. Claudia Sheinbaum habló de buscar alternativas para evitar una crisis humanitaria, pero la sola posibilidad de que esos cargamentos disminuyan vuelve a colocar a Cuba frente a una pregunta brutal: cuántos días de combustible quedan antes de que la caída sea todavía más profunda.

Jorge Piñón, experto del Instituto de Energía de la Universidad de Texas, señaló que el diésel es la columna vertebral de la economía cubana y advirtió que, si en las próximas cuatro a ocho semanas no aparece un petrolero, el panorama sería sombrío. También dejó claro que China no resolvería por sí sola el problema y que Rusia, asfixiada por sus propias sanciones, sigue siendo una incógnita utilizable solo como recurso de emergencia. En otras palabras, el régimen cubano permanece atado a proveedores externos mientras deja morir su sistema eléctrico y mantiene a la población en una supervivencia de emergencia permanente.

La voz de la calle confirma ese derrumbe. Un vendedor ambulante dijo que es imposible vivir así y apuntó, con toda razón, que Cuba es una amenaza para los cubanos, no para Estados Unidos. Otro trabajador explicó que los apagones le impiden laborar y lo devuelven al recuerdo del Período Especial. Una madre de un niño pequeño dijo que las noches se les van en la entrada de la casa, tratando de soportar el calor y la oscuridad. Son testimonios distintos, pero todos conducen al mismo punto: la dictadura ha convertido la vida diaria en una condena, y cada maniobra internacional sobre el petróleo encuentra a la isla ya quebrada por dentro.

Trump ha endurecido el cerco sobre los aliados energéticos de La Habana. El régimen, por su parte, sigue hablando de soberanía mientras administra apagones, ruina y escasez. Entre uno y otro pulso político, el cubano común queda atrapado en el mismo lugar de siempre: sin electricidad, sin combustible, sin certezas y con una crisis que el poder no sabe ni puede resolver.

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