La muerte de Michel Ortega Casanova en un operativo de Tropas Guardafronteras en Villa Clara dejó a su familia entre el duelo y la duda, mientras el régimen lo presenta como parte de una supuesta “infiltración con fines terroristas”. Su hermano, Misael Ortega Casanova, residente en Tampa, rechazó esa versión y aseguró que en la casa nadie sabía de una operación armada.
“Yo no sabía absolutamente nada”, dijo al hablar del caso, visiblemente golpeado por la noticia. También dejó claro que ni siquiera quiso ver la cobertura oficial difundida por el aparato de propaganda del régimen, al que acusa de montar un relato dramático para justificar su actuación.
El parte oficial afirma que una lancha rápida con matrícula de Florida fue detectada dentro de aguas territoriales cubanas, cerca del canalizo El Pino, en Cayo Falcones, municipio Corralillo. Según esa versión, cuando una unidad de Guardafronteras se acercó para identificarla, desde la embarcación se abrió fuego y el comandante cubano resultó herido. Después, el Ministerio del Interior sostuvo que viajaban diez personas armadas, que cuatro murieron y seis quedaron lesionadas, y que a bordo había fusiles, armas cortas y explosivos artesanales.
La familia Ortega Casanova impugna ese cuadro. Misael insistió en que Michel, de 54 años, llevaba más de dos décadas viviendo en Estados Unidos, tenía ciudadanía americana y trabajaba como conductor de camiones. Lo describió como un hombre común, con casa y vida hechas en ese país, lejos de la imagen de extremista que ahora intenta fijarle La Habana.
“Tenía su casa, su vida hecha aquí. Era un hombre normal”, afirmó. También sostuvo que, si alguna vez habló de regresar a Cuba, lo hacía con la idea de ayudar y llevar medicinas o insumos, nunca armas.
El caso deja otra vez al descubierto el método del régimen: ante un hecho de alto voltaje político, primero impone su versión y después la convierte en condena pública. La acusación de terrorismo, en un país donde el aparato estatal controla información, tribunales y relato oficial, pesa como una sentencia antes de que exista claridad sobre lo ocurrido.
Misael reconoció que su hermano viajaba con frecuencia a Miami y que tenía amistades con las que salía a pescar o a campos de tiro, una práctica habitual en Estados Unidos. Pero también admitió que no sabe qué pasó realmente en esa lancha. Esa incertidumbre quedó reforzada por una señal que lo alarmó: Michel solía llamarlo los domingos y el día del hecho el teléfono estaba apagado.
La familia todavía no recibe una explicación completa y espera respuestas sobre cómo terminó muerto su hermano y bajo qué circunstancias se produjo el intercambio con las tropas cubanas. En medio del dolor, Misael resumió el sentimiento de muchos cubanos que han visto repetirse estas tragedias bajo el castrismo: “Esto tiene que terminar ya”.
Mientras La Habana insiste en la narrativa de un ataque terrorista, Estados Unidos anunció que hará su propia investigación. El secretario de Estado Marco Rubio dijo que no aceptará sin más la versión cubana y que Washington buscará conocer exactamente qué sucedió y quiénes estuvieron involucrados. Para la familia, y para tantos cubanos marcados por el silencio oficial, la verdad sigue sin llegar.

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