La esquina de la vivienda del artista cubano Luis Lacosta quedó convertida en una prueba más del derrumbe de los servicios públicos en La Habana: un operativo de recogida de basura llegó, movió los desechos durante unos minutos y se fue dejando el área sucia y la promesa de regresar al día siguiente.
El hecho ocurrió en la capital y quedó expuesto en una publicación de Facebook del propio Lacosta, quien relató que al lugar llegaron tres camiones de volteo, un equipo de limpieza de fosas, una pipa de agua y un recogedor con una gran pala o cuchara. Según explicó, los trabajadores dijeron que venían desde Marianao y que, “en solidaridad”, iban a retirar la basura acumulada desde hacía casi un mes.
La escena apenas duró 20 minutos. Después de agrupar parte de los residuos en una gran montaña, la brigada se marchó con la promesa de volver el domingo. Ese regreso nunca ocurrió. Cuando Lacosta grabó otro video el lunes a las 2:03 de la tarde, la pila más grande ya había desaparecido, pero seguían regados por el suelo restos pequeños que dejaban claro que la limpieza quedó incompleta.
Su denuncia importa porque describe con precisión cómo funciona hoy la respuesta oficial en la capital: operativos improvisados, trabajos parciales y barrios que siguen atrapados entre montones de basura. El propio artista calificó lo ocurrido como “una gran burla” y cuestionó el gasto de combustible y la decisión de irse sin resolver de verdad el problema que tenían delante.
La crisis de los desechos en La Habana ya no es un malestar aislado ni un episodio puntual. Los residuos sólidos pasan semanas en esquinas y avenidas, mientras los vecinos conviven con vertederos improvisados frente a sus casas. El colapso del servicio responde al faltante de combustible, al deterioro del parque automotor y a la escasez de piezas de repuesto, una cadena de fallas que el régimen arrastra sin capacidad para sostener ni lo más básico.
En ese vacío, muchas familias han terminado quemando la basura para intentar reducir los montones acumulados, con el humo tóxico y el riesgo sanitario como precio cotidiano. La acumulación de desechos dejó de ser solo una señal de suciedad urbana y pasó a convertirse en otra evidencia del abandono estatal sobre la vida diaria de los cubanos.
La semana pasada, Manuel Marrero Cruz convocó a una jornada masiva de higienización en la capital y habló de más de 450 equipos para apoyar la recogida. La denuncia de Lacosta muestra el alcance real de esos anuncios: operativos puntuales que buscan contener la imagen del desastre, mientras la basura sigue allí y los barrios continúan pagando la cuenta del desorden oficial.
Lo ocurrido en esa esquina habanera resume una realidad más amplia: un régimen que promete limpieza, moviliza recursos por momentos y deja intacto el problema de fondo. En la ciudad más vigilada del país, hasta recoger la basura termina pareciendo una tarea improvisada y a medias.

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