El régimen cubano informó que una quinta persona murió a causa del tiroteo ocurrido frente a la costa norte de la isla, después de que una lancha rápida con bandera de Florida abriera fuego contra soldados cubanos el pasado 26 de febrero. La nueva víctima fue identificada como Roberto Álvarez Ávila, fallecido el 4 de marzo por las heridas sufridas en el enfrentamiento.
El anuncio amplía el saldo de un caso que La Habana presenta como intento de infiltración armada y de “terrorismo” contra la isla. Según el Ministerio del Interior, en la embarcación viajaban 10 personas, todas cubanas y con residencia en Estados Unidos, y el ataque terminó con cuatro muertos en el acto, seis heridos y varios detenidos bajo atención médica. Ahora, con esta nueva muerte, el episodio gana peso político y judicial dentro de una versión oficial todavía llena de vacíos.
Las autoridades cubanas sostienen que los ocupantes de la lancha iban armados y que el barco se aproximó a apenas 1,6 kilómetros de Cayo Falcones, frente al norte del país, antes de abrir fuego contra las tropas. También aseguran que entre los objetos hallados había armas de alto poder, más de 12.800 municiones y 11 pistolas. El régimen dice además que los detenidos han dado declaraciones que refuerzan las pruebas en su contra y que aparecen nuevos elementos sobre otros implicados radicados en Estados Unidos.
El caso deja al descubierto varias grietas a la vez. Por un lado, La Habana usa el episodio para empujar su relato de amenaza externa y blindar su discurso de seguridad. Por otro, admite de forma implícita que el conflicto con el exilio cubano sigue contaminado por la violencia, la desesperación y el deterioro de la relación entre la isla y Florida. En un país asfixiado por el control político, la escasez y el éxodo, cada hecho de este tipo termina convertido por el régimen en pieza de propaganda y en argumento para endurecer su aparato represivo.
La Fiscalía y el Ministerio del Interior han movido el caso hacia cargos de terrorismo contra seis sospechosos, en una causa que ya se proyecta como otra denuncia de alto voltaje entre Cuba y Estados Unidos. El problema para el régimen es que ofrece pocos detalles verificables, pero sí explota con rapidez cualquier episodio que le permita reforzar la narrativa de asedio y tapar sus propios fracasos internos.
La tensión no ocurre en el vacío. El propio texto oficial advierte que el tiroteo puede aumentar el choque con Donald Trump y ocurre en un momento en que la economía cubana depende de apoyos externos cada vez más frágiles, incluido el petróleo venezolano. Esa dependencia, sumada a la crisis interna, deja a la dictadura más expuesta y más inclinada a convertir cualquier incidente armado en una causa política útil para su supervivencia.

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