Protestas nocturnas sacuden La Habana por los apagones

La Habana volvió a escuchar cacerolas, fogatas y gritos de “¡Libertad!” por segunda noche seguida, con protestas extendidas en al menos 10 a 15 municipios de la capital y sus alrededores, además de reportes desde Matanzas. La escalada dejó claro que el malestar por los apagones ya cruzó el límite de la resignación y se convirtió en calle.

En Regla, vecinos prendieron fuego en plena vía pública mientras coreaban consignas contra el régimen. La noche anterior, el barrio habanero de Jesús María había marcado el inicio de la nueva oleada con un grito de “¡Abajo el comunismo!” entre el ruido de los cacerolazos. La secuencia de ambos días mostró una protesta espontánea, dispersa y cada vez más extendida.

El detonante inmediato fue el colapso de la central termoeléctrica Antonio Guiteras, la mayor del país, que desestabilizó la red eléctrica nacional. La propia Unión Eléctrica admitió que 10 de las 16 unidades termoeléctricas están fuera de servicio por averías o mantenimiento, mientras los motores de diésel y fueloil, responsables del 40% del suministro, siguen parados desde enero por falta de combustible.

El resultado es una crisis que golpea la vida diaria con una dureza insoportable. El viernes, el mayor apagón programado dejó sin electricidad a más del 68% de la isla al mismo tiempo, la peor cifra registrada hasta ahora. En varias provincias, los cortes superan las 20 horas diarias. Los hospitales operan al mínimo, consultas y cirugías fueron canceladas, las gasolineras están vacías, el transporte público prácticamente desapareció y los mercados estatales ofrecen cada vez menos productos.

La protesta no nace en el vacío. Cuba arrastra años de deterioro económico, con una pérdida del 15% del PIB en cinco años y el 20% de la población fuera del país. A ese desplome se suma la asfixia energética que el régimen no ha podido resolver, mientras intenta contener la crisis con medidas parciales como 5.000 pequeños equipos solares donados por China y combustible importado por empresas privadas, recursos que lucen insuficientes frente al tamaño del colapso.

La respuesta oficial ha sido la de siempre: administrar la ruina y esperar que el desgaste calle. Pero la calle ya empezó a responder de otra manera. Los gritos de estas dos noches revelan algo más profundo que una queja por la luz apagada: muestran un país agotado, sin servicios, sin combustible, sin transporte y sin paciencia para seguir pagando el fracaso del régimen.

Desde Washington, Donald Trump aseguró que Cuba está “en sus últimos momentos de vida tal como es ahora” y habló de supuestas negociaciones con La Habana, contactos que el régimen nunca ha reconocido ni desmentido con claridad. En paralelo, la congresista cubanoamericana María Elvira Salazar respaldó a los manifestantes y advirtió a la dictadura que no se meta contra ellos. La presión externa acompaña una señal interna mucho más poderosa: el descontento ya se volvió visible en las calles.

Con cada noche de apagones, la protesta gana terreno. Y con cada noche de fogatas y cacerolazos, queda más expuesto el costo humano y político de un sistema que ha llevado la infraestructura del país al borde del derrumbe.

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