Vecinos de varios barrios de La Habana volvieron a salir a las calles la noche de este lunes para protestar contra los apagones, en una jornada que extendió a cinco días consecutivos el malestar visible en la capital. Las consignas contra la Revolución y la dictadura, sumadas al golpe de cazuelas, marcaron una respuesta abierta al colapso eléctrico que el régimen arrastra sobre la vida cotidiana.
En La Lisa, los videos muestran a residentes coreando “Abajo la Revolución” y “Abajo la dictadura” mientras hacían sonar calderos y otros utensilios de cocina. En Playa, las manifestaciones se reportaron en Miramar y Buenavista, donde también hubo cacerolazos durante los cortes de luz. Santo Suárez registró protestas de menor intensidad, pero con la misma raíz: el cansancio acumulado por una crisis que ya desbordó la paciencia de muchos hogares.
Fuera de la capital, la inconformidad también se hizo sentir en Ceballos, Ciego de Ávila, donde vecinos salieron a las calles por los prolongados cortes de electricidad y las duras condiciones de vida. El alcance territorial de estas expresiones confirma que el problema no está encerrado en un barrio ni en una ciudad. La fractura es nacional y golpea por igual a familias que pasan horas sin luz, sin alivio y sin respuestas.
La protesta nace de una crisis energética cada vez más profunda, alimentada por la escasez de combustible, el deterioro de las termoeléctricas y la falta de mantenimiento del sistema eléctrico. En algunas zonas del país, los apagones superan las 15 y hasta 20 horas diarias, una carga insoportable para quienes intentan cocinar, conservar alimentos o sostener una rutina mínima en medio del calor y la precariedad.
A ese derrumbe se suma la escasez de productos básicos y el golpe de la inflación, que sigue vaciando el bolsillo de los cubanos mientras la dolarización parcial de la economía agrava la desigualdad. Arroz, aceite, harina y carne desaparecen con frecuencia de los mercados, y la vida diaria queda atrapada entre el apagón, la cola y la cuenta que nunca alcanza. El resultado es el retrato más crudo del fracaso del régimen: un país sin electricidad estable, sin comida suficiente y sin capacidad para ofrecer una salida digna a su gente.

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