Donald Trump volvió a poner a Cuba en el centro de su discurso al advertir que la isla atraviesa “serios problemas” desde el punto de vista humanitario y al dejar abierta la posibilidad de cambios en la relación con La Habana. Sus palabras apuntan a un país hundido en apagones, escasez y una crisis económica que ya golpea cada rincón de la vida diaria.
El presidente estadounidense habló de una Cuba sin energía y sin dinero, una descripción que encaja con el deterioro que sufren los cubanos dentro de la isla. La falta de combustible, la inflación y los cortes eléctricos frecuentes han convertido lo básico en una carrera de resistencia para millones de personas, mientras el régimen sigue sin dar respuestas reales.
Trump también sugirió que podría producirse una “toma de control” amistosa o no, una frase que elevó el tono político de sus declaraciones y dejó claro que Cuba sigue siendo una pieza sensible en la agenda de Washington. En ese mismo contexto, aseguró que las autoridades cubanas “confían en Marco”, en alusión a Marco Rubio, y remató con una frase que resume el tamaño del derrumbe: están “en las últimas”.
Más allá de la pelea política en Estados Unidos, lo que queda expuesto es la responsabilidad del castrismo en una crisis que no afloja. La isla vive una combinación de apagones, falta de alimentos, salarios pulverizados y un éxodo masivo que vacía familias y barrios enteros. El humanitarismo del que habló Trump no nace de la retórica: nace del colapso que el régimen ha impuesto sobre la gente.
Trump también mencionó el respaldo que dice haber recibido de la comunidad cubanoamericana, un recordatorio de que Cuba sigue pesando en la política de Estados Unidos. Para los cubanos de a pie, sin embargo, el dato decisivo está en otro lugar: la confirmación de que la ruina nacional ya no puede disimularse ni siquiera desde fuera, porque el hambre, la oscuridad y la desesperanza siguen siendo parte de la rutina en la isla.

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