El régimen cubano anunció que los ciudadanos que viven en el extranjero podrán invertir en empresas privadas dentro de la isla, una decisión que vuelve a poner al exilio en el centro de la economía que La Habana intenta sostener a fuerza de concesiones tardías.
La medida llega en medio de una crisis prolongada y confirma la dependencia del poder cubano de cualquier entrada de divisas que alivie la asfixia interna. Después de empujar a millones de cubanos a salir por falta de oportunidades, el sistema vuelve ahora a buscar capital entre esos mismos emigrados para alimentar un sector privado que sigue operando bajo vigilancia política.
El anuncio deja al descubierto una contradicción que el régimen ya no logra esconder. Necesita el dinero de la diáspora, pero mantiene intacto el control sobre las reglas del juego. Premia la entrada de recursos cuando le conviene y conserva el mismo esquema que castiga la iniciativa, limita la confianza y ahoga cualquier prosperidad que no pase por el permiso oficial.
Para las familias dentro de Cuba, la noticia no significa una apertura económica real. Significa otro intento desesperado de captar fondos sin tocar la raíz del problema: un modelo centralizado, ineficiente y sometido al control político, incapaz de generar bienestar por sus propios medios. La propiedad privada sigue existiendo bajo supervisión del aparato estatal, y la inversión dependerá de una estructura que decide quién entra, cómo entra y hasta dónde puede crecer.
El movimiento también confirma el peso del exilio como sostén material del país, aunque el poder se resista a reconocerle legitimidad plena. En vez de garantizar derechos, ofrecer seguridad jurídica y crear condiciones serias para invertir, el régimen recurre otra vez a un parche económico que no cambia la lógica del sistema ni corrige el daño acumulado por décadas de control y fracaso.

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