El régimen cubano canceló a última hora el Festival del Habano, previsto para celebrarse del 24 al 27 de febrero, y dejó en evidencia hasta qué punto la escasez de combustible ya golpea incluso sus vitrinas más rentables. La decisión llegó con pocos días de antelación y sin una nueva fecha anunciada, en medio de una crisis energética que el propio aparato oficial reconoce como grave.
La información, atribuida a Habanos S.A. y divulgada a los participantes mediante un mensaje, fue justificada con el argumento de que había que preservar los “más altos estándares de calidad, excelencia y experiencia” del evento. Pero detrás de ese lenguaje cuidadosamente empaquetado aparece la realidad de siempre: un país donde faltan recursos básicos, la electricidad se sostiene con alambres y prioridades políticas, y hasta una feria internacional del tabaco queda atrapada por el desorden económico del castrismo.
El Festival del Habano ha sido durante años una fuente de ingresos y propaganda para la dictadura. Reúne a aficionados, comerciantes y periodistas especializados, y su subasta de puros y humidores de lujo mueve cifras que contrastan con la miseria cotidiana dentro de la isla. Solo en la edición de 2025, esa subasta recaudó alrededor de 19,5 millones de dólares. Que el régimen se vea obligado a frenar un evento de ese tipo dice mucho sobre el deterioro de sus finanzas y sobre la fragilidad de un modelo que depende de captar divisas mientras la población sigue pagando la factura del colapso.
La cancelación también coincide con el paquete de recortes y reasignaciones que el régimen anunció días antes en su programa de propaganda Mesa Redonda. Allí se explicó que el combustible disponible se concentraría en sectores “prioritarios”, con la promesa de proteger la generación eléctrica, el abasto de agua, los servicios básicos de salud y, en particular, la atención a urgencias médicas, salud materno-infantil y el Programa de Cáncer. En la práctica, esa lista confirma lo que viven los cubanos a diario: el Estado reparte escasez y administra la emergencia como si fuera normalidad.
Mientras el discurso oficial insiste en sostener “actividades económicas imprescindibles” y proteger, “en la medida de lo posible”, las que generan divisas, la isla sigue enfrentando apagones, falta de combustible y una crisis que ya desborda la propaganda. El Festival del Habano quedó suspendido, pero el problema de fondo sigue intacto: un régimen que prioriza la entrada de dinero duro y al mismo tiempo arrastra al país a una precariedad cada vez más visible.

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