El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, desmintió la versión que aseguraba que Washington condicionaba sus contactos con La Habana a la salida de Miguel Díaz-Canel. La aclaración rompió una lectura que circuló en medios estadounidenses y volvió a poner bajo presión al régimen cubano, que sigue atrapado en una negociación sin salidas visibles mientras la crisis golpea a la población.
Rubio respondió en X con dureza y acusó a esos reportes de apoyarse en fuentes poco confiables. Con ese mensaje cerró la puerta a la idea de una maniobra centrada solo en el relevo del gobernante cubano y dejó claro que, para Washington, el problema de Cuba sigue estando en la estructura de poder que sostiene al castrismo. En La Habana, cualquier versión de este tipo termina chocando con la misma realidad: propaganda arriba, miseria y control abajo.
El propio Rubio fue más lejos al insistir en que el sistema político y económico de la Isla “tiene que cambiar drásticamente”. También descartó que las medidas anunciadas por el régimen basten para resolver el desastre acumulado. Su lectura fue frontal: Cuba vive dentro de una economía que no funciona y de un modelo que no ofrece salida para la gente común.
Donald Trump también se metió de lleno en el tema y dijo que su administración actuaría “muy pronto” respecto a Cuba. El presidente describió la situación de la Isla como muy mala y le dio paso a Rubio para ampliar la posición oficial. El secretario de Estado mantuvo la línea: la economía cubana no funciona y los anuncios recientes de La Habana no mueven la aguja.
Entre esos anuncios estuvo la apertura limitada para que cubanos emigrados, sin residencia efectiva, puedan invertir en empresas de la Isla. Rubio desechó esa medida como insuficiente. La respuesta deja al desnudo la receta de siempre del poder cubano: concesiones parciales, control intacto y una crisis que sigue cayendo sobre familias, trabajadores y emigrados.
La polémica también tuvo eco entre voces del exilio y figuras abiertamente críticas del régimen. Carolina Barrero respaldó las palabras de Rubio y habló del sesgo político que, a su juicio, ha dañado a la Isla. El congresista Carlos Giménez también apoyó la posición del secretario de Estado y afirmó que los días del régimen están contados. Más allá del ruido en redes, el mensaje central no cambia: Washington mantiene la presión y el castrismo sigue sin ofrecer una salida real.
La discusión deja una conclusión incómoda para la cúpula de La Habana. El problema de Cuba no se resuelve cambiando un nombre en la cima del poder, porque el daño está en un sistema agotado, incapaz de sostener la vida nacional y empeñado en cubrir su fracaso con más control político y más discurso vacío. Mientras eso siga intacto, cualquier negociación chocará con el mismo muro.

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