El régimen volvió a exhibir su método más viejo y más cobarde: mandar turbas contra quien incomoda al poder. Esta vez el blanco fue Mike Hammer, encargado de Negocios de Estados Unidos en La Habana, atacado durante el fin de semana en Camagüey y Trinidad por colaboradores del aparato oficial.
El primer episodio ocurrió el sábado frente al hostal Santa María, en Camagüey, donde un grupo pequeño se apostó para lanzar consignas e insultos contra el diplomático. Le gritaron frases como “Títere de Donald Trump”, “Asesino”, “Imperialista”, “Genocida” y “Ladrón”, en una escena que repite el libreto de la represión callejera que la dictadura utiliza para intimidar y marcar territorio.
Horas después fue señalado como uno de los organizadores Yoel Santiesteban, jefe de Organización del Comité Provincial de la Unión de Jóvenes Comunistas en Camagüey. La identificación de un dirigente de esa estructura confirma lo que el castrismo intenta disimular con farsas de espontaneidad: detrás de estas provocaciones aparece el control político del régimen, con sus cuadros jóvenes al servicio del hostigamiento.
José Raúl Gallego informó además que la Seguridad del Estado entregó en los CUPET de la provincia las matrículas de los autos de la Embajada de Estados Unidos y ordenó no facilitarles combustible. La maniobra revela el alcance del acoso oficial, extendido también a servicios básicos para apretar al personal diplomático y empujar una escalada innecesaria de tensión.
El segundo acto de repudio se produjo también el sábado, luego de la visita de Hammer al sacerdote José Conrado en la iglesia San Francisco de Paula, en Trinidad. Desde allí, turbas del régimen volvieron a cumplir la tarea de siempre: gritar, acosar y convertir la calle en escenario de intimidación política.
En un video difundido por la Embajada estadounidense, Hammer respondió con serenidad y dijo que algunos de los que gritaban insultos pertenecen a “determinado partido”, aunque no representan a los cubanos de a pie. También dejó claro que seguirá recorriendo la isla pese a las presiones del régimen, una postura que desmonta el cálculo del poder de aislarlo mediante el miedo.
La reacción de Washington llegó el domingo. La Oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental condenó los ataques y acusó al régimen cubano de enviar individuos para interferir en la labor diplomática del encargado de Negocios y de su equipo. El mensaje fue directo: los diplomáticos estadounidenses continuarán reuniéndose con el pueblo cubano, pese a las tácticas fallidas de intimidación de La Habana.
El caso añade un nuevo capítulo a la escalada de hostilidad del castrismo contra la presencia diplomática estadounidense en la isla. La semana anterior, el régimen también impidió que varios activistas y periodistas llegaran a la Embajada de Estados Unidos para una actividad por el 250 aniversario de la independencia norteamericana. La secuencia confirma una línea de conducta: bloqueo, amenaza y repudio como respuesta política frente a cualquier gesto que escape al control del aparato.
Mike Hammer fue atacado en Camagüey y Trinidad por turbas organizadas por el régimen, en dos nuevos actos de repudio contra la misión diplomática de EE. UU.[24][

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