La académica y disidente cubana Alina Bárbara López ha puesto sobre la mesa una idea que el régimen intenta borrar del debate público: Cuba necesita acompañamiento internacional para encarar una transición política y económica, pero una intervención militar extranjera no resolvería el desastre que vive la isla.
En una entrevista con EFE, López sostuvo que el país atraviesa probablemente el peor momento de su historia. Su diagnóstico descansa en una realidad que los cubanos padecen a diario: una economía absolutamente destruida, una crisis que se prolonga por años y un poder político que solo atina a resistir mientras la vida nacional se descompone.
La intelectual defendió que ese respaldo externo debe venir como presión política y acompañamiento a la ciudadanía, no como imposición armada. A su juicio, la salida tiene que nacer desde dentro, desde la gente y su participación, porque desde fuera pueden terminar cambiando una dictadura por otra. También advirtió que una intervención extranjera en Cuba abriría la puerta a la anarquía y no al orden que necesita el país.
López subrayó que la comunidad internacional, y en particular la Unión Europea, debe presionar al régimen cubano para que respete los derechos humanos y deje de cometer las aberraciones que hoy se viven dentro de la isla. Su crítica apunta al corazón del sistema: un Estado que no produce, no resuelve y mantiene al país en una asfixia económica y política cada vez más profunda.
En su lectura, el panorama no deja espacio para el optimismo. La producción está paralizada, los apagones son constantes, la inflación ha demolido el poder adquisitivo y el Estado roza la descapitalización. López describió además un país sin perspectiva en ningún frente, atrapado en una decadencia económica, política, social, cultural y simbólica que golpea también al propio régimen.
La disidente reconoció la debilidad de la oposición, pero la atribuyó a la represión que inhibe la articulación ciudadana. Al mismo tiempo, insistió en que la sociedad civil cubana entra en una etapa de emergencia, con fuerza creciente en las comunidades del exilio. Para ella, la oposición necesita un programa mínimo, una base común que permita avanzar pese a las diferencias internas.
También alertó sobre el recrudecimiento de la presión represiva en momentos de tensión interna, con detenciones arbitrarias, cortes de comunicación y notificación de sentencias condenatorias. Ese método, recordó, es parte del comportamiento habitual del aparato represivo cuando el poder teme perder control.
Uno de los pasajes más duros de su denuncia fue la imagen de las escuelas abandonadas convertidas en prisiones, una paradoja que le recordó los años finales de la dictadura de Fulgencio Batista. La comparación retrata con crudeza el retroceso de la Cuba castrista: donde un día hubo aulas, hoy levantan cárceles. Donde prometieron una revolución para educar, el régimen responde con encierro.

Sé el primero en comentar