En La Habana, cada vez más ancianos se ven obligados a rebuscar comida entre la basura, pedir limosna en la calle o dormir a la intemperie porque la pensión no les alcanza ni para vivir unos días con dignidad. La escena se ha vuelto tan común que la ciudad la asume como parte del paisaje, mientras el régimen sigue llamándolos “vulnerables” para maquillar una crisis social que ya devoró la vejez en Cuba.
Detrás de esa imagen hay una verdad brutal: quienes trabajaron durante décadas reciben una pensión mínima mensual de 4.000 pesos, apenas unos ocho dólares al cambio informal. Con eso no se compra comida suficiente, mucho menos aseo personal, ropa, calzado o servicios básicos como agua y electricidad. El resultado es el empujón directo a la mendicidad, la recogida de desechos y la dependencia absoluta de la caridad de otros.
La pobreza en la tercera edad no se queda en la calle. También entra por las puertas de los hospitales, donde faltan medicamentos y los servicios se reducen cada vez más. Incluso los ancianos que conservan algo de dinero terminan atrapados en el mercado informal, donde los fármacos aparecen revendidos a precios imposibles. Para los que no tienen nada, enfermarse en Cuba se parece demasiado a una condena.
El régimen conserva privilegios para una minoría y castiga al resto con abandono. Solo los ex militares y antiguos dirigentes de alto rango reciben pensiones superiores, una muestra más de cómo el poder premia a su aparato mientras deja desamparados a los jubilados comunes. A esa desigualdad se suma el cierre de hogares de ancianos y casas de abuelos, además de la desaparición de actividades recreativas y deportivas por falta de personal y de recursos.
La degradación llega al punto de empujar a muchos mayores a seguir trabajando cuando ya no tienen fuerzas. Hombres de más de 65 años y mujeres mayores de 60 se emplean como custodios en centros laborales o mipymes para sacar unos pesos extra, aunque ni siquiera eso alcanza. Un amigo que recibe la pensión máxima trabaja de noche como vigilante y aun así mantiene a duras penas a una familia de cuatro personas. El día anterior, contó, en su casa solo había pan y agua con azúcar.
Frente a ese derrumbe social, la propaganda oficial insiste en repetir que “la Revolución no deja a nadie desamparado”. La realidad que se ve en las calles de La Habana dice otra cosa: ancianos escarbando en los montones de basura, otros pidiendo dinero con carteles improvisados y muchos más sobreviviendo con ayudas esporádicas o comida de mala calidad en los puntos del Sistema de Atención a la Familia. El Estado que prometió protección terminó convirtiendo la vejez en una carrera diaria por no pasar hambre.
El costo humano también se refleja en los suicidios entre personas de la tercera edad, un fenómeno que no aparece en la prensa oficial pero que crece en silencio. La soledad, el abandono y la miseria se combinan en un país donde envejecer dejó de ser un logro para convertirse en una carga insoportable. Cuba no está solo frente a una crisis económica; está frente a la evidencia de un modelo que ni siquiera puede cuidar a quienes sostuvieron su vida durante décadas.

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