El régimen congela a Cuba en apagones mientras protege al turismo

Mientras Cuba se hunde en apagones de más de 12 horas y el país entero lidia con la falta de combustible, el régimen manda a sus funcionarios a Canadá para vender una imagen de normalidad que no existe dentro de la isla. La operación propagandística quedó otra vez al desnudo: para el cubano común hay oscuridad, pero para el turismo extranjero el discurso oficial promete estabilidad, reservas y tranquilidad.

Encabezada por Lessner Gómez, director de marketing del Ministerio de Turismo, una delegación oficial viajó a Toronto y Montreal con el objetivo de calmar a turoperadores y agencias canadienses tras las advertencias de Donald Trump sobre un posible corte del suministro de petróleo venezolano a La Habana. En esa gira, Gómez repitió que “todo sigue igual” y que Cuba opera con normalidad, una afirmación que choca de frente con la vida real en la isla.

El propio Ministerio de Energía y Minas admitió que “no hay diésel para la generación distribuida”, una confesión que explica el aumento de los apagones y el colapso de más de cien centrales eléctricas. La cifra del déficit superior a los 1,900 megawatts en el horario pico retrata un sistema eléctrico roto, sostenido a fuerza de parches y de propaganda, mientras el régimen insiste en maquillar la crisis para no espantar visitantes ni divisas.

La Habana permaneció a oscuras durante más de seis horas este domingo. Al mismo tiempo, los hoteles turísticos siguieron iluminados con plantas propias y combustible garantizado por GAESA, el conglomerado militar que controla las principales cadenas hoteleras y una parte decisiva de los ingresos en divisas. Ahí está la verdad que el poder intenta esconder: la electricidad en Cuba dejó de ser un servicio básico para convertirse en un privilegio administrado por la cúpula.

El contraste entre el país real y el escaparate turístico es cada vez más ofensivo. Mientras barrios enteros quedan atrapados en el calor, los mosquitos, la inseguridad y la incertidumbre de la noche, las zonas hoteleras se mantienen encendidas como vitrinas protegidas por el aparato económico del régimen. La luz, en Cuba, ya no responde a una lógica nacional: responde a quién paga, quién manda y quién puede seguir beneficiándose del negocio del turismo aunque el resto del país se hunda.

Ese desequilibrio alimenta el desgaste social y también erosiona la imagen que el régimen intenta vender afuera. Los visitantes que salen de los complejos hoteleros se encuentran con calles oscuras, basura acumulada, transporte colapsado y un ambiente de abandono que contradice la postal oficial. Desde Toronto y Montreal, el discurso pudo sonar ordenado; dentro de Cuba, la realidad sigue siendo la de un país administrado con privilegios para unos pocos y castigo para la mayoría.

La crisis energética cubana ya no admite maquillaje. El régimen protege el turismo, sostiene a GAESA y sacrifica al pueblo, que vuelve a pagar con hambre, cansancio y oscuridad una política diseñada para preservar poder y divisas por encima de las necesidades del país.

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