El régimen cubano volvió a chocar con una realidad que no puede maquillar: el dólar sigue subiendo y la llamada “tasa flotante” quedó desmentida por la calle desde el primer momento. La maniobra nació tarde, mal y sin credibilidad, en un país donde el peso se desploma a diario y la confianza en las instituciones económicas está rota.
La historia se repite con el mismo guion gastado. El poder intenta imponer una narrativa, lanza operativos, exhibe detenciones y alimenta campañas para asustar al mercado, pero el mercado responde con su propia lógica. Cuando la moneda nacional pierde valor y la gente busca refugio en el billete verde, ninguna consigna alcanza para frenar la caída.
La propaganda oficial también vuelve a señalar culpables cómodos: la prensa independiente, las redes sociales, los “enemigos de la Revolución” y hasta los cuentapropistas. Ese libreto sirve para esconder lo esencial, que la crisis cambiaria responde al desastre económico acumulado por la dictadura y a la ausencia de reformas de fondo. Sin cambio político, no hay corrección posible en una economía controlada por el control, la amenaza y el miedo.
El régimen tampoco ha logrado capitalizar sus gestos de fuerza. Los decomisos y las detenciones previas a la puesta en marcha de la tasa no resolvieron nada. Apenas sirvieron para montar otro espectáculo de intimidación y para dar algo de oxígeno a una versión oficial que dura lo que tarda el dólar en marcar un nuevo escalón.
En el fondo, la tasa flotante quedó como otro nombre pomposo para una política sin sustento. Mientras el peso siga perdiendo valor y los cubanos sigan viendo el dólar como única tabla de salvación, el fracaso será del sistema entero. La crisis cambiaria no se corrige con propaganda ni con policías: nace del derrumbe económico que el régimen ha llevado al límite y que ya no puede ocultar.

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