Arleen Rodríguez Derivet salió al paso de la polémica que provocaron sus palabras sobre José Martí y el apagón con una disculpa parcial y el mismo libreto de siempre: convertir una crítica concreta en un ataque político. La periodista de medios oficiales cubanos, subdirectora de la Mesa Redonda y cercana al gobernante Miguel Díaz-Canel, admitió el tropiezo histórico, pero evitó responder de frente al fondo de la indignación que levantó su comentario.
En lugar de asumir el daño causado por una frase que cayó como una burla en medio de la crisis energética que golpea a la Isla, Rodríguez Derivet se refugió en el relato del hostigamiento. Dijo que la insultaron, que le arrastraron el nombre y que todo responde a una ofensiva de adversarios políticos. Con ese giro, buscó mover la discusión desde la responsabilidad personal hacia el terreno cómodo de la confrontación ideológica.
Su explicación fue que lo dicho sobre Martí fue un comentario de charla informal y no una afirmación pensada. Aun así, la frase quedó ahí, asociando al Apóstol con la electricidad y dejando una impresión que muchos cubanos leyeron como cinismo, precisamente en un país donde los apagones pueden extenderse hasta 20 horas o más según la región. Ese contexto vuelve todavía más grave una expresión que parecía desligada de la realidad que vive la población.
La reacción de Rodríguez Derivet también dejó claro el método político que el régimen fomenta en su maquinaria mediática: si la crítica aprieta, se traslada el debate a los enemigos de siempre. La periodista no se quedó en el hecho ni en la rectificación; pasó a interrogar a sus detractores sobre Venezuela, Trump, Rubio y los asesinatos de ICE, como si el respaldo a otras causas borrara el derecho a señalar un exabrupto suyo. Ese recurso sirve para blindar a la vocería oficialista y desviar la atención del problema central.
También insinuó que la polémica fue reactivada con intención y lanzó sospechas sobre el momento en que reapareció el fragmento, vinculándolo incluso con la Marcha de las Antorchas. Sin pruebas, dejó flotando la idea de una operación contra ella y contra los suyos. Esa jugada no aclara nada; solo alimenta la victimización de una vocera del poder que responde a la crítica con una trinchera política.
El respaldo más visible le llegó de Abdiel Bermúdez Bermúdez, otro vocero oficial que admitió el error, pero prefirió hablar de “asesinato de reputación” y del asedio de los odios ajenos. Su defensa siguió la misma lógica: proteger la lealtad antes que la credibilidad periodística. Incluso convirtió la amistad de Rodríguez Derivet con Díaz-Canel en un supuesto mérito de transparencia, cuando en cualquier medio serio esa cercanía al poder sería un problema de independencia y no una credencial.
Lo que quedó expuesto, más allá de la anécdota, es el estado de la prensa oficial cubana: una vocería pegada al régimen, acostumbrada a hablar desde la impunidad y a exigir indulgencia cuando se equivoca. En un país donde la gente sufre apagones, escasez y censura, ese tipo de discurso irrita porque nace desde arriba y desprecia la realidad de abajo.

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