La crisis del agua en La Habana volvió a golpear con fuerza a los barrios más castigados por los apagones y la degradación de las redes. En varios municipios, las interrupciones del servicio se extienden por más de dos semanas cuando coinciden los ciclos de bombeo con los cortes eléctricos que impone el régimen sobre todo el país.
Desde Guanabacoa, el vecino Yoel Parsons explicó que ese cruce entre falta de electricidad y horarios de distribución convierte cada ciclo en una lotería. Cuando el agua debe entrar y no hay corriente, la espera se alarga durante días enteros. En su relato queda claro el tamaño del colapso: hogares que pasan más de una semana sin recibir una gota, mientras la capital sigue hundida en una rutina de apagones y carencias elementales.
A la escasez se suma otro factor que agrava el desastre: las conexiones directas a la conductora principal permitidas por autoridades locales ante la falta de soluciones reales. Esa práctica, lejos de resolver el problema, reduce aún más la presión y deja al resto de los vecinos con un servicio todavía más débil. Es la lógica improvisada de un sistema que administra la miseria en vez de reparar la infraestructura.
Los reportes desde Santa Amalia, Tamarindo y el reparto Mañana confirman el mismo patrón: fallos eléctricos, descoordinación entre la empresa eléctrica y Aguas de La Habana, y roturas que dejan a comunidades enteras esperando entre cuatro ciclos y 15 días. En Diez de Octubre, la activista Dunia Medina describió una escena que se repite en decenas de hogares: cisternas vacías, tuberías rotas y varios días sin agua para la higiene más básica.
La propia Aguas de La Habana reconoció averías en el sistema de Palatino, con impacto en Plaza, Cerro y Diez de Octubre. El dato revela la magnitud de una red agotada por décadas de abandono. Aunque el Acueducto de Albear fue concebido para abastecer la ciudad por gravedad, hoy más del 90% del suministro depende del bombeo eléctrico desde sistemas como Cuenca Sur, Ariguanabo y El Gato. En una capital con más de 2 millones de habitantes, cada apagón se convierte también en una condena hidráulica.
El golpe final lo dan las propias pérdidas del sistema. Según el INRH y Aguas de La Habana, entre el 40% y el 45% del agua bombeada se pierde por el estado de las conductoras y las redes de distribución. Ese nivel de desperdicio resume el fracaso del régimen en algo tan básico como llevar agua a la casa de la gente. La Habana no vive una simple avería: sufre el derrumbe de un servicio esencial bajo la carga de apagones, roturas y una administración incapaz de sostener lo mínimo.

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