La escasez de combustible volvió a torcerle el brazo a Cuba y esta vez el golpe alcanza todo a la vez: transporte público, hospitales, universidades, fábricas y gasolineras. El régimen de La Habana reconoció que desde diciembre el país no recibe petróleo del exterior por las presiones de Estados Unidos y admitió que la generación con motores de diésel y fueloil quedó paralizada.
La consecuencia ya se ve en la calle. En La Habana, los apagones se han normalizado entre 10 y 15 horas diarias, mientras en amplias zonas del oriente superan las 20 horas. En la Isla de la Juventud, que había sufrido menos cortes que otras regiones, las autoridades locales ordenaron apagones rotativos de cuatro horas con corriente y cuatro sin servicio, con la advertencia de que esos periodos sin electricidad pueden alargarse según la disponibilidad de combustible.
El régimen también empezó a recortar servicios que sostienen la vida diaria. En ese territorio se anunció la paralización del servicio eléctrico en edificios administrativos durante los fines de semana, la restricción de rutas del transporte público y el cierre de áreas recreativas y bares. La imagen es la de un país empujado otra vez a la lógica del racionamiento extremo, con la economía y la vida social subordinadas a la falta de petróleo.
El transporte, uno de los sectores más golpeados por la crisis, entró en una nueva fase de retroceso. Ómnibus Nacionales en Las Tunas suspendió desde este viernes todas sus rutas principales, salvo la de La Habana, por la compleja situación con la disponibilidad de combustibles. En la capital, las autoridades admitieron en redes sociales que se limitaba aún más la circulación de buses, sin precisar qué rutas o frecuencias quedarían afectadas.
La falta de combustible también se siente en las gasolineras. En todo el país, el suministro apenas aparece tras colas de horas o días, sobre todo en los servicentros que cobran en dólares. En Sancti Spíritus, las autoridades dijeron que el poco combustible disponible se destinará exclusivamente a hospitales, transporte público, distribución de alimentos y servicios funerarios. Al mismo tiempo, mantuvieron la prioridad en las gasolineras que venden en divisa, aunque reconocieron que el abastecimiento allí también está limitado para evitar el acaparamiento.
La salida que ofrece el régimen vuelve a ser la misma receta de escasez: más recortes, más control y más improvisación. En Sancti Spíritus admitieron que no existe garantía de combustible para los taxis privados y llamaron a recurrir a alternativas como la tracción animal. Ese lenguaje resume el deterioro al que ha sido empujado el país, donde la retórica oficial convive con el retroceso material más elemental.
La educación también quedó atrapada en el apagón. La Universidad de La Habana anunció que extenderá la modalidad semipresencial en todas sus carreras y programas de Técnico Superior Universitario durante un mes, y pidió a cada facultad ajustar los programas de estudio a las condiciones actuales. Además, suspendió el Congreso Universidad 2026, previsto para febrero. En paralelo, hospitales de la capital empezaron a recortar servicios no esenciales, mientras la televisión estatal adelantó comparecencias de ministros para anunciar medidas de contingencia.
Estados Unidos cortó el flujo de petróleo venezolano a Cuba el 3 de enero y luego endureció la presión con una orden ejecutiva para castigar a quienes suministren combustible a la isla. El régimen cubano respondió con un plan de “desabastecimiento agudo de combustible” que revive la llamada “opción cero” del Periodo Especial, aquella etapa de derrumbe económico que obligó al país a sobrevivir con racionamiento extremo, tracción animal, carbón vegetal y transporte no motorizado.
La crisis actual confirma hasta dónde llega la dependencia energética de la dictadura cubana y cuán frágil quedó su capacidad de sostener los servicios básicos. Cuando falta petróleo, se apagan las aulas, se frenan los buses y se resienten los hospitales. Lo demás es propaganda para maquillar una parálisis que ya empezó a tragarse la vida cotidiana del país.

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