El canciller cubano, Bruno Rodríguez, volvió a poner la crisis de la isla en la tribuna de Ginebra y acusó a Estados Unidos de empujar a Cuba hacia una “catástrofe humanitaria”. La denuncia llegó mientras el país arrastra escasez de combustible y apagones prolongados, dos heridas que golpean de lleno la vida diaria de los cubanos y que el régimen intenta explicar otra vez como resultado exclusivo de la presión externa.
Rodríguez sostuvo ante la Conferencia de Desarme que Washington ha desatado una “escalada agresiva” contra la isla y que ahora impone un “bloqueo energético”. En su discurso repitió que las medidas estadounidenses constituyen “acciones criminales e ilegales” y un “despiadado castigo colectivo al pueblo cubano”.
El mensaje llega en el peor momento para La Habana. La administración de Donald Trump endureció el embargo y presionó a otros países, entre ellos Venezuela, para que corten el suministro de petróleo a Cuba. Esa combinación dejó al régimen con menos combustible y con una red eléctrica cada vez más incapaz de sostenerse, mientras la población paga la factura con oscuridad, parálisis y más penurias en los hogares.
La escena en Ginebra también sirvió para que la diplomacia castrista repitiera su libreto de siempre: culpar a otros por una crisis que el propio modelo político y económico ha profundizado durante décadas. Cuba enfrenta hoy carencias de combustible y cortes de electricidad bajo un sistema que concentra el control, bloquea cualquier corrección seria y luego presenta el desastre como una agresión ajena.
Rodríguez insistió además en que Cuba no amenaza a Estados Unidos ni a ningún otro país, y cargó contra lo que describió como una “tiranía global” impulsada por Washington. A la vez, recordó que a finales de enero un decreto estadounidense firmado por Trump calificó a la isla de “amenaza extraordinaria” para la seguridad nacional norteamericana.
El canciller cubano también habló ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU y aseguró que el régimen “impedirá una crisis humanitaria” en la isla, aunque eso cueste “penalidades y sufrimientos”. La frase, en boca de un funcionario del aparato exterior, retrata con crudeza el punto al que ha llevado el castrismo al país: un gobierno que promete resistir mientras la gente común sigue atrapada entre apagones, falta de combustible y un colapso cotidiano que ya no se puede esconder con propaganda.
La Casa Blanca, por su parte, ha descrito a Cuba como un “país fallido” y ha rechazado una operación para derrocar al régimen. Pero el fondo del problema sigue siendo el mismo: una economía asfixiada, una dependencia energética mortal y una cúpula que sigue administrando la ruina con retórica de plaza sitiada.

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