La noche del sábado volvió a sonar el descontento en varios municipios de La Habana. Vecinos de Guanabacoa, Regla, Boyeros, San Miguel del Padrón y Centro Habana salieron con cacerolas y calderos a protestar por los apagones prolongados, en una segunda jornada consecutiva de manifestaciones que dejó al descubierto el nivel de hartazgo acumulado en la capital.
Las imágenes difundidas en redes sociales muestran a familias golpeando utensilios desde las calles y desde sus propias casas, en plena oscuridad. En uno de los videos se escucha a un vecino de Guanabacoa gritar: “¡Se acabó esto, pin…!”, una frase que resume mejor que cualquier discurso oficial el estado de ánimo de miles de cubanos empujados al límite por la crisis eléctrica.
El periodista Mario J. Pentón reportó además una protesta en Regla, mientras otros testimonios ubicaron acciones similares en Mulgoba y El Cotorro. Cubanet también publicó un video con cacerolazos en varios puntos de la capital, entre ellos Regla, San Miguel del Padrón, Guanabacoa y la calle Belascoaín, en Centro Habana. La protesta ya no aparece como un hecho aislado: la capital empieza a registrar una secuencia de rechazo público que el régimen no logra contener con silencio ni propaganda.
Detrás de esas escenas está la misma realidad que golpea al resto del país: un sistema eléctrico colapsado, déficit de generación cercano o por encima de los 2,000 megavatios y apagones que en varias provincias superan las 20 horas diarias. La falta de corriente no solo deja a oscuras los barrios; también corta el agua, frena el transporte y echa a perder la comida, mientras la vida cotidiana se vuelve cada vez más insoportable para la población.
La crisis energética responde a una red de averías, plantas envejecidas, falta de mantenimiento y escasez de combustible. A eso se suma la caída de las importaciones de petróleo y la presión creciente sobre el régimen cubano en medio de la ofensiva de Washington para restringir el suministro hacia la isla. El resultado es el mismo de siempre: el Estado cubano no resuelve, administra el derrumbe y traslada el costo a la gente.
Las protestas de La Habana también revelan otra verdad incómoda para el poder: cuando el apagón se convierte en rutina y la oscuridad entra por días en las casas, el miedo pierde fuerza y la calle responde. El régimen no ha dado una explicación pública sobre estos cacerolazos, pero el silencio oficial no borra lo ocurrido ni cambia la señal política que salió de los barrios habaneros: el malestar está creciendo y ya se expresa a golpes de metal en medio de la noche.
Vecinos de varios municipios habaneros salieron con cacerolas y calderos a protestar por los apagones prolongados en una segunda noche consecutiva de rechazo popular.[29][

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