La Habana volvió a escuchar cacerolas, quema de basura y calles cerradas en una séptima noche consecutiva de protesta vecinal, pese al despliegue policial y la presencia de fuerzas del MININT en varios barrios capitalinos. Decenas de personas salieron otra vez a reclamar en Marianao, Nuevo Vedado, Mantilla, Alturas de la Lisa y otros puntos de la ciudad, en una señal clara de que el malestar ya no cabe dentro de las casas.
En el reparto Zamora, residentes se fueron concentrando en la intersección de 124 y 35, donde colocaron viandas en medio de la calle y obligaron a una guagua a retroceder para cerrar el tráfico. Desde ese mismo barrio, una vecina que se sumó a la protesta con su hijo dejó claro el ánimo de quienes salieron a la calle: “Somos parte del pueblo”. La frase resume mejor que cualquier discurso el hartazgo acumulado en los barrios de La Habana.
La protesta también alcanzó la avenida 41, cerca de la terminal del Lido, donde vecinos bloquearon la vía con basura y cazuelas mientras la gente golpeaba desde dentro de sus casas. En Alturas de la Lisa, los residentes reportaron un fuerte despliegue policial, con “segurosos” por todas partes y calderos sonando pese a la vigilancia. La respuesta del régimen fue la de siempre: presencia intimidatoria, control y presión para contener lo que ya desborda.
En la Calzada de 10 de Octubre, activistas denunciaron el paso de “Avispas Negras” patrullando los barrios, una imagen que confirma hasta dónde ha llegado el miedo oficial a una protesta doméstica, espontánea y extendida. La represión se mueve para marcar territorio, pero el ruido de las cacerolas le devuelve al poder una verdad incómoda: la crisis ya no se administra en silencio.
También en Nuevo Vedado hubo cacerolazo, cerca de las sedes del Comité Central, el Consejo de Estado, el MININT y el MINFAR, en una protesta cargada de mensaje político y de desprecio hacia el aparato que ha dejado a Cuba sin electricidad, sin respuestas y sin alivio. En Mantilla, Arroyo Naranjo, los vecinos prendieron candela a la basura después de un mes sin agua y con apagones enormes. Una patrulla pasó por allí y siguió de largo, otra postal del abandono selectivo con que el régimen trata los barrios cuando no puede imponer control inmediato.
Estas noches seguidas de protesta revelan un país roto por dentro. El déficit de medicamentos, los alimentos cada vez más caros, los apagones y la represión empujan a la gente a sacar el conflicto a la calle. La Habana está mostrando que el cansancio social ya no se queda en quejas privadas: se convierte en cacerola, bloqueo y desafío abierto a un sistema que responde con policía, vigilancia y más miseria.

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