Caracas salió este domingo a cerrar filas y a desmentir versiones sobre supuestos contactos reservados entre Diosdado Cabello y autoridades de Estados Unidos. El régimen venezolano calificó esas informaciones como una maniobra malintencionada destinada a sembrar división en la cúpula política y a golpear la imagen del ministro de Interior, Justicia y Paz.
La reacción llegó después de un reporte de Reuters que aseguraba que funcionarios de la administración de Donald Trump habrían sostenido conversaciones con Cabello meses antes de la agresión militar lanzada por Washington contra territorio venezolano. Desde Caracas, la respuesta fue la misma de siempre: negar, acusar una campaña de desinformación y presentarse como víctima de una operación para romper la disciplina interna del chavismo.
El oficialismo también rechazó versiones sobre una supuesta condecoración a agentes de inteligencia extranjeros, en particular de la CIA, y dijo que ese tipo de publicaciones forman parte de una ofensiva para generar desconfianza dentro de las fuerzas gobernantes. Delcy Rodríguez, encargada del Ejecutivo, insistió en la línea de unidad trazada por el liderazgo bolivariano y llamó a mantener “calma”, “paciencia” y “prudencia estratégica” frente a lo que describió como presiones del enemigo externo y del extremismo interno.
El trasfondo de esa respuesta es un poder sitiado por su propia fragilidad. Mientras Caracas denuncia una agresión de Estados Unidos bajo el pretexto de la lucha contra el narcoterrorismo, el régimen intenta blindar su estructura política y militar frente a cualquier fisura que revele negociación, traición o miedo. La narrativa oficial busca imponer control en medio de un escenario marcado por ataques, muertos y denuncias cruzadas sobre la operación que terminó con el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, trasladados a Nueva York.
Según el Ministerio de Interior, Justicia y Paz, al menos 100 personas murieron en el ataque, entre ellas 32 cubanos que custodiaban a Maduro. Caracas sostiene que la operación apuntó a apoderarse de los recursos estratégicos de Venezuela, en especial el petróleo y los minerales, y la presenta como una gravísima agresión militar contra la independencia del país. En ese clima, cualquier filtración sobre acercamientos con Washington adquiere una carga política mayor y expone el nerviosismo de un régimen que pelea al mismo tiempo en el frente externo y en su propia interna.

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