El Gobierno de Costa Rica pidió a sus ciudadanos que abandonen Cuba cuanto antes y suspendan los viajes no esenciales, en una advertencia que deja al desnudo el deterioro extremo de la isla bajo el régimen. La recomendación oficial llegó por la crisis energética y de suministros que ya compromete electricidad, combustible, alimentos, agua y medicamentos, además de las pocas rutas que todavía sostienen la movilidad dentro y fuera del país.
La Cancillería costarricense fue clara: si ocurre una emergencia mayor, evacuar a sus nacionales por aire o por mar sería muy difícil. Ese aviso no solo habla del riesgo para los visitantes; también confirma hasta qué punto Cuba ha quedado atrapada en una precariedad que ya no se puede maquillar con propaganda ni discursos sobre resistencia. Cuando un país extranjero recomienda salir, lo que está señalando es que el colapso cotidiano en la isla ha cruzado la línea de lo tolerable.
La alerta costarricense se apoya en un cuadro conocido por cualquier cubano: apagones generalizados, transporte golpeado por la falta de combustible y una cadena de suministros cada vez más rota. La propia dependencia del país de las importaciones de petróleo y derivados se ha convertido en una de sus mayores debilidades, y la escasez ya no afecta solo la generación eléctrica. También arrastra hospitales, barrios, aeropuertos y servicios básicos que se sostienen a trompicones.
La falta de combustible para aviones ha empujado además a varias aerolíneas internacionales a suspender o ajustar operaciones en aeropuertos cubanos, lo que reduce todavía más las salidas disponibles para quienes necesitan regresar a sus países. A la vez, gobiernos como Alemania, Irlanda, Canadá y hasta Rusia han emitido advertencias o tomado medidas similares, en señal de que el deterioro interno de Cuba ya es visible para medio mundo. Cuando las rutas aéreas se encogen y la energía falla, el aislamiento deja de ser una consigna y se convierte en una realidad material.
El cuadro se agravó después del cese de los envíos de petróleo desde Venezuela, tras el derrocamiento de Nicolás Maduro el 3 de enero en una operación militar de Estados Unidos. Cuba, que produce solo una fracción de la energía que necesita, quedó todavía más expuesta a su dependencia de aliados políticos y al fracaso de un modelo que nunca aseguró soberanía real ni capacidad de respuesta ante una crisis de este tamaño.
El resultado es conocido en la vida diaria: más apagones, menos transporte, más escasez y una población obligada a sobrevivir entre apagones y desabastecimiento mientras el régimen intenta sostener una imagen de normalidad imposible. La advertencia de Costa Rica confirma que la crisis cubana ya no es un asunto interno que solo golpea a los cubanos; también compromete a extranjeros, viajeros y gobiernos que tienen que reaccionar ante un país cada vez más inestable y menos previsible.
En La Habana, el mensaje práctico es todavía más duro: quien pueda salir, que salga; quien dependa de un vuelo o de una evacuación, que no espere margen de maniobra. Esa es la consecuencia directa de años de apagón estructural, mala gestión y dependencia política. La isla vuelve a demostrar que, bajo el castrismo, la crisis no se administra: se agrava hasta volver normal el miedo a quedarse atrapado.

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