La red eléctrica cubana volvió a caer al borde del colapso y dejó sin servicio a casi el 70% del país en plena hora de mayor demanda. El corte masivo, reportado por la estatal Unión Eléctrica, confirma hasta dónde ha empujado la crisis energética al régimen: una isla que vive entre apagones diarios, plantas averiadas y una parálisis que golpea cada casa, cada barrio y cada jornada de trabajo.
La consecuencia inmediata es conocida por los cubanos y ya se volvió rutina insoportable: noches enteras sin luz, cocinas apagadas, alimentos perdidos y transporte desordenado. En amplias zonas del país los cortes llegan a 20 horas diarias, mientras el sistema eléctrico apenas logra sostener una parte mínima de la demanda. El propio balance oficial habla de una capacidad de generación de 1.185 megavatios frente a una necesidad máxima de 3.180.
El régimen intenta cargar el peso de la crisis sobre el embargo petrolero de Estados Unidos, al que presenta como la causa principal del desabastecimiento de combustible. Pero el derrumbe eléctrico también responde a otra realidad que La Habana no puede maquillar: décadas de infrafinanciación, centrales termoeléctricas obsoletas y una infraestructura sometida a la lógica del control estatal absoluto, sin inversión suficiente ni capacidad real de respuesta. Cuando todo depende del aparato estatal, también el fracaso queda concentrado en manos del poder.
La falta de combustible ha dejado fuera de servicio buena parte de la generación distribuida, que en teoría debía aliviar la presión sobre la red. A eso se suma que ocho de las 16 unidades termoeléctricas operativas continúan detenidas por averías o mantenimientos. El resultado es un sistema al límite, incapaz de sostener siquiera una demanda básica en un país que ya apenas produce una parte de su necesidad energética.
La caída de las importaciones de crudo y combustible, superior al 33% en 2025, agrava todavía más el panorama. México y Venezuela redujeron los suministros, la economía sigue hundida y la contracción acumulada supera el 15% desde 2020, según cifras oficiales. En la práctica, los apagones no solo apagan bombillos: apagan producción, encarecen la vida diaria y profundizan el empobrecimiento de una sociedad que vive bajo la improvisación permanente del régimen.
Este nuevo colapso eléctrico también tiene una carga política evidente. Los apagones masivos han sido detonante de las principales protestas de los últimos años, incluidas las del 11 de julio de 2021. Cada corte prolongado expone el mismo patrón: un país administrado sin libertades, sin inversión suficiente y sin mecanismos de corrección reales, donde la población paga el precio de un modelo agotado.

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