Cuba apaga la crisis eléctrica mientras Washington endurece la presión

La isla volvió a quedar a oscuras este martes por un nuevo colapso del Sistema Electroenergético Nacional, justo cuando Estados Unidos apretó la presión sobre el régimen cubano y exigió reformas de libre mercado y respeto a derechos básicos. La reconexión llegó horas después, pero el episodio dejó al desnudo una realidad que el poder sigue maquillando: Cuba depende de una red agotada, un país sin margen y una población que vive entre apagones, escasez y promesas oficiales vacías.

Washington movió la ficha política al exigir cambios más profundos. Marco Rubio consideró insuficientes los anuncios que La Habana hizo el lunes para permitir inversión de la diáspora en banca, agricultura e infraestructura. Desde el Departamento de Estado también se habló con claridad de lo que el cubano de a pie lleva años reclamando en la calle y en la cola: servicios básicos, subsistencia y libertad frente a la tiranía.

La respuesta del régimen fue la de siempre: culpar al bloqueo, denunciar una supuesta guerra económica y desviar la discusión hacia amenazas externas. Carlos Fernández de Cossío acusó a Estados Unidos de asfixiar a la economía cubana y habló incluso de una agresión militar. Pero el trasfondo que no puede esconderse es otro: la incapacidad del sistema para sostener la vida cotidiana, administrar energía, garantizar combustible y evitar que el país entero quede sometido al mismo apagón recurrente que ya se volvió costumbre.

La compañía eléctrica informó que el servicio quedó restablecido en las 15 provincias, aunque persisten los cortes programados por déficit de generación. Eso significa que el alivio fue momentáneo. La crisis sigue ahí, incrustada en una red de ocho termoeléctricas viejas, con más de 40 años de explotación en algunos casos, remendada a fuerza de averías y mantenimientos forzados.

Para la gente, el lenguaje técnico no cambia nada. Lo dijo un albañil de 55 años, Rolando, cuando describió el día a día de la isla: vivir en Cuba es una agonía. Con apenas cuatro o cinco horas de luz como máximo, la vida se encoge, el trabajo se frena, el transporte se complica y hasta la atención médica sufre recortes. El régimen ha debido imponer medidas de ahorro, suspender la venta de diésel, racionar la gasolina y reducir algunos servicios hospitalarios.

El golpe energético llega en un país de 9,6 millones de habitantes que ha sufrido seis apagones generalizados en apenas año y medio. A principios de marzo, otro corte parcial dejó sin electricidad a dos tercios del territorio, incluida La Habana. La secuencia retrata un Estado que ya no garantiza ni lo más elemental y que responde con propaganda cada vez que la realidad lo desmiente.

La tensión con Washington corre en paralelo, pero la crisis cubana no nace ahí. Nace de un modelo agotado que controla, restringe y empobrece, mientras obliga a la población a sobrevivir entre apagones, escasez y consignas. El terremoto de magnitud 5,8 que sacudió la costa este martes añadió otro sobresalto a un país que ya vive al límite, aunque no dejó víctimas ni daños. Lo que sí dejó, otra vez, fue la imagen de una nación sometida a la fragilidad de un sistema que falla en todo lo esencial.

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