La crisis económica, energética y social de Cuba siguió agravándose este sábado bajo el golpe del asedio petrolero de Washington y en medio de las nuevas amenazas del presidente Donald Trump, que volvió a pronosticar el derrumbe inminente del régimen. La isla entra así en otra jornada de desgaste, con menos combustible, más apagones y una población atrapada entre la escasez y la propaganda oficial.
El cuadro confirma hasta qué punto la supervivencia cotidiana en Cuba depende de decisiones tomadas fuera y de la fragilidad interna que el castrismo ha acumulado durante décadas. Cuando el suministro de petróleo se estrecha, se apagan las plantas, se paraliza el transporte y se profundiza un deterioro que el régimen no logra contener ni con discursos ni con controles. La factura la pagan los cubanos comunes, no la cúpula que administra la ruina.
Trump reiteró sus amenazas contra la isla y volvió a hablar de un colapso cercano del Gobierno, una presión que añade tensión a un país ya castigado por la escasez crónica. En ese escenario, el régimen queda expuesto por su incapacidad para garantizar lo básico: energía estable, movilidad, alimentos y un mínimo de certidumbre para la vida diaria.
La crisis no solo vuelve a mostrar la dependencia externa de la economía cubana. También deja al descubierto el fracaso de un modelo político que convirtió el control estatal en sustituto de la productividad y la planificación en excusa permanente. Cada nuevo sacudón internacional encuentra a Cuba más débil, más improvisada y más atrapada en la misma lógica de supervivencia que el castrismo lleva años vendiendo como resistencia.

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