El régimen cubano vuelve a hablar de “opción cero” y de un plan de contingencia mientras la crisis aprieta sobre la vida diaria de los cubanos. El anuncio salió por la Mesa Redonda y aterriza en un país donde la escasez ya se mide en apagones, transporte roto, mesas vacías y salarios pulverizados.
La comparación con el Período Especial ha ganado espacio, pero la realidad de hoy es más dura para la población. En los años noventa, el derrumbe del socialismo real golpeó a una economía que todavía conservaba ciertos márgenes de bienestar. Ahora, la crisis cae sobre un país hundido por el estancamiento, la inflación y el desorden monetario, con una sociedad mucho más castigada y con menos capacidad para absorber otro golpe.
El origen también marca una diferencia política importante. En 1991, el golpe llegó desde afuera con la desaparición de la URSS y del bloque soviético, que sostenían artificialmente el modelo castrista. Hoy la dependencia de Venezuela se acabó y el régimen conoce perfectamente de dónde viene su fragilidad. Esa certeza le quita cualquier excusa seria y lo deja frente a su responsabilidad por haber sostenido durante años una economía apoyada en parches, ayudas externas y propaganda.
La Tarea Ordenamiento terminó de agravar el cuadro. Esa medida disparó el descontrol monetario y la inflación, y empujó a la economía cubana a una caída más profunda justo cuando el país ya vivía en crisis. Por eso el impacto actual puede ser menor en cifras que el desplome de los noventa, pero mucho más dañino sobre una población agotada y empobrecida.
La deuda externa añade otra cadena. En el Período Especial estaba concentrada en el campo socialista y en la Unión Soviética; hoy sigue siendo una de las grandes trabas para que Cuba acceda a financiamiento. Las condonaciones de 2014 y 2015 no resolvieron el problema, y los incumplimientos reiterados dejaron a la economía cubana encerrada frente a los mercados internacionales.
El panorama geopolítico tampoco ofrece el mismo margen que aprovechó el castrismo en etapas anteriores. Tras el derrumbe del socialismo real, el régimen supo acomodarse al nuevo orden mundial, vender apertura y apoyarse más tarde en Venezuela. Ese colchón se agotó. Lo que queda es una estructura de poder que insiste en administrar la escasez mientras evita tocar las causas del derrumbe.
También pesa el tiempo. Los Castro llegaron al Muro de Berlín con tres décadas en el poder; la dictadura arrastra hoy 67 años de control político sobre Cuba. En aquel momento todavía podía improvisar cambios forzados para sobrevivir. Ahora carga con una larga secuela de ruina, dependencia y falta de salida productiva, mientras sigue exigiendo sacrificios a una población que ya no tiene de dónde sacar más.
La noticia de fondo es esa: Cuba no enfrenta solo un tropiezo económico más. El régimen vuelve a exhibir la bancarrota de un modelo que agotó sus reservas, perdió sus apoyos y pretende que la crisis la pague otra vez la calle cubana.

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