Las autoridades aeronáuticas cubanas prolongaron hasta el 10 de abril la alerta oficial por indisponibilidad de combustible para aeronaves en todos los aeropuertos internacionales de la isla, una medida que deja al país con su tráfico aéreo exterior atado a una restricción sin precedentes. El aviso, registrado en la base de datos de la FAA de Estados Unidos, extiende por un mes más la limitación que debía vencer el 11 de marzo y confirma que el sistema aeroportuario sigue sin combustible jet A1 para operar con normalidad.
La orden golpea a las nueve terminales que concentran todo el movimiento internacional del país: el José Martí de La Habana, Varadero, Cienfuegos, Santa Clara, Camagüey, Cayo Coco, Holguín, Santiago de Cuba y Manzanillo. En la práctica, el Notam obliga a aerolíneas y pilotos a cambiar planes de vuelo, cargar más combustible desde el origen o buscar escalas técnicas fuera de Cuba, con el costo adicional que eso implica para cada operación.
Las primeras consecuencias ya están sobre la mesa. Iberia y Air Europa tuvieron que incorporar paradas en República Dominicana para repostar. Air France se apoyó en Bahamas. Air Canada suspendió sus vuelos a la isla y dejó solo trayectos de retorno para sacar a sus pasajeros. Las aerolíneas rusas también cancelaron conexiones de forma temporal. Cada ajuste encarece la ruta, complica la logística y deja aún más frágil la llegada de turistas a un país que depende de ese flujo para sostener su economía.
El problema no apareció de la nada. La escasez se agravó después de que Washington anunciara el fin del suministro de petróleo venezolano a Cuba, tras la operación militar que terminó con la captura de Nicolás Maduro. Venezuela aportaba cerca del 30% de las importaciones energéticas cubanas. Luego, Donald Trump firmó una orden ejecutiva que amenaza con aranceles a cualquier país que venda petróleo a la isla, mientras Cuba produce apenas un tercio de lo que necesita y dependía de importaciones de Venezuela, México y Rusia para cubrir el resto.
La crisis aérea cae sobre un turismo ya desplomado. En 2025 la isla recibió poco más de 1,8 millones de visitantes extranjeros, lejos del objetivo oficial de 2,6 millones. En 2024 llegaron 2,2 millones y en 2023, 2,4 millones, cifras muy por debajo de los 4,2 millones de 2019. Solo en enero de 2026 entraron 184.833 viajeros internacionales, una caída de 5,9% frente al mismo mes del año anterior y el peor arranque en al menos 13 años fuera de la pandemia.
El derrumbe no solo se ve en los aeropuertos. Entre enero y septiembre de 2025, la ocupación hotelera media fue de apenas 18,9%, según datos de la ONEI, lo que equivale a cuatro habitaciones vacías de cada cinco. Mientras tanto, destinos del Caribe como Punta Cana y Cancún marcaban máximos históricos de visitantes. Cuba queda así rezagada por un modelo turístico incapaz de sostenerse y por una economía que el régimen no ha sabido blindar ni diversificar.
La prórroga del Notam hasta abril deja una conclusión incómoda para La Habana: el país no tiene a la vista una salida real para garantizar el queroseno que necesita su aviación internacional. El régimen habla de diálogo con Washington y Trump presiona para negociar, pero la prolongación de la alerta muestra que la escasez sigue mandando sobre los aeropuertos cubanos y sobre una industria turística que ya venía en caída libre.

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