La crisis del combustible en Cuba entró en una fase más peligrosa después de que el experto petrolero Jorge Piñón advirtiera que la isla se acerca a una “hora cero” si en las próximas semanas no aparece un nuevo suministro de crudo o derivados. La alerta toca el centro mismo de la vida nacional: sin diésel, se resiente la generación eléctrica, se paraliza el transporte y se aprieta aún más una economía ya asfixiada por apagones y escasez.
Piñón, director del Programa de Energía para Latinoamérica y el Caribe de la Universidad de Texas, habló de una escasez severa de diésel y de la ausencia de nuevos cargamentos en semanas recientes. Según explicó, Cuba consume alrededor de 20,000 barriles diarios de ese combustible, pero desde principios de enero solo ha recibido un pequeño envío procedente de México. Desde entonces, no se han detectado otros tanqueros entrando a puertos cubanos.
La imagen es la de un país que vive pendiente de barcos que no llegan. También hay buques cargados con combustible ruso detenidos en el Atlántico, a la espera de una autorización o de una decisión política que permita su descarga en la isla. Esa espera resume la fragilidad de un sistema que depende de aliados externos, de arreglos opacos y de una infraestructura interna deteriorada hasta el borde.
Piñón ubicó esta crisis dentro del desgaste acumulado del sistema energético cubano. Las termoeléctricas operan con tecnología envejecida, arrastran años de falta de mantenimiento y trabajan con limitaciones constantes. El resultado está a la vista: apagones más largos, más frecuentes y más duros para la vida diaria de la gente, en un país donde cada fallo eléctrico arrastra también la producción, el transporte y los servicios básicos.
El especialista comparó el momento con los peores años del Período Especial, aunque dejó claro que hoy la economía cubana está todavía más frágil y la infraestructura energética más rota. Esa comparación habla de un modelo que el régimen ha llevado otra vez al borde del colapso, sostenido por la improvisación, la dependencia externa y un sistema que no logra responder ni en lo esencial.
Frente al hueco que deja el Estado, el régimen abrió la puerta a que micro, pequeñas y medianas empresas importen combustible de forma privada. Piñón, sin embargo, describió ese camino como una salida estrecha y cara. Las operaciones se hacen con isotanques de capacidad limitada, que se compran en Estados Unidos y se envían al puerto del Mariel, para luego mover el combustible por carretera hacia el interior del país.
Ahí aparece otro muro: Cuba tampoco tiene diésel suficiente para mover los camiones que deberían distribuir ese combustible. A eso se suma el encarecimiento del producto. El experto recordó que, si esos isotanques se adquirieron hace dos semanas, cuando el diésel estaba por debajo de los 3 dólares el galón, hoy la operación se vuelve mucho más difícil con precios por encima de los 4 o 4.50 dólares. El costo termina golpeando al cubano de a pie, que ya vive entre apagones, colas, transporte roto y salarios pulverizados.
Incluso instalar un isotanque en Cuba implica una inversión alta, cercana a los 50,000 dólares, si se suman el combustible con que llega, la infraestructura, la seguridad, el cercado, la iluminación y las exigencias técnicas de bomberos. Y aun así, el problema de fondo no desaparece: cuando se vacía el primer recipiente, hace falta volver a llenarlo o montar un sistema de recarga que el país hoy no tiene capacidad real de sostener.
Piñón también marcó el límite legal de ese esquema. Las licencias estadounidenses para estas importaciones prohíben la participación de entidades del gobierno cubano. Eso choca con una realidad conocida por todos: la infraestructura de almacenamiento y distribución de combustibles en la isla está en manos del Estado. En la práctica, la red que controla el régimen es la misma que impide cumplir a plenitud con esas condiciones y deja la operación atrapada entre la burocracia cubana y las restricciones externas.
De ahí que el especialista vea un callejón sin salida. Multiplicar isotanques apenas aliviaría una fracción mínima de la demanda nacional. Cada envío sería una gota en el mar frente al consumo diario de todo el país. La crisis, por tanto, no admite maquillaje ni propaganda: revela la bancarrota de un modelo energético que depende de parches, favores y maniobras de emergencia para sobrevivir.
Piñón ya había advertido que marzo podía convertirse en el mes más crítico si no aparecía un tanquero en el horizonte. Ahora plantea dos salidas posibles: que Estados Unidos suministre directamente diésel, gasolina o gas licuado desde sus inventarios, o que Washington conceda una excepción a Venezuela para enviar crudo o derivados a la isla bajo un esquema controlado. En ambos casos, su criterio es claro: lo más racional sería mandar combustibles ya refinados, porque Cuba no puede perder semanas procesando petróleo en refinerías obsoletas cuando las reservas están al límite.
Mientras tanto, el sistema eléctrico sigue hundiéndose. La Unión Eléctrica prevé para este miércoles un déficit cercano a 1,900 megavatios en el horario pico nocturno, una de las cifras más altas reportadas recientemente. El día anterior la afectación se mantuvo durante toda la jornada y llegó a 1,875 megavatios a las 7:20 de la noche, según el parte oficial. En La Habana, la electricidad estuvo interrumpida por más de 22 horas, y en varios municipios ya se reportan cacerolazos y protestas.
La crisis del combustible dejó de ser un asunto técnico. Es la prueba de un país al que el régimen ha dejado sin reservas, sin respaldo y sin capacidad de respuesta. Cuando el diésel falta, se apagan las termoeléctricas, se detiene el transporte y crece el malestar en la calle. Cuba entra en otra fase de desgaste extremo, esta vez con la amenaza abierta de una paralización casi total.

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