Trump reúne en Miami a su bloque latinoamericano

Donald Trump recibirá este sábado en Miami a una quincena de presidentes y figuras latinoamericanas afines, en una cumbre diseñada para exhibir fuerza política, marcar agenda regional y empujar una alianza de derecha alrededor de Washington. Entre los invitados figuran Javier Milei, Nayib Bukele y José Antonio Kast, en un encuentro montado en el Trump National Doral Miami, el resort del propio mandatario.

La cita llega en un momento de máxima presión sobre Cuba y Venezuela. En el caso de la isla, la Casa Blanca ha endurecido el cerco energético y ha amenazado con aranceles a cualquier país que le venda petróleo, una maniobra que golpea de lleno una economía ya devastada por la escasez, los apagones y el colapso social que el régimen no ha sabido ni querido resolver.

La agenda que Washington pone sobre la mesa incluye seguridad, inmigración irregular, crimen organizado y la disputa por la influencia china en América Latina. Pero el mensaje político va mucho más allá: Trump busca ordenar un bloque de gobiernos y líderes que se le alineen sin matices, mientras deja fuera a Brasil, México y Colombia, gobernados por líderes progresistas que no entran en su guion.

También hay un cálculo doméstico y simbólico. Reunir a ese grupo en una propiedad del presidente estadounidense, justo cuando el Trump National Doral Miami se prepara para recibir la cumbre del G20 a finales de este año, refuerza la imagen de poder personal que Trump quiere proyectar dentro y fuera de Estados Unidos.

La convocatoria fue armada antes del estallido de la guerra con Irán, pero terminó insertada en una ofensiva mayor de la Casa Blanca por redibujar su esfera de influencia en el continente. Esa estrategia, impulsada por Marco Rubio, vuelve a colocar a Cuba en el centro de la presión política de Washington y deja al régimen otra vez expuesto por su dependencia exterior y su fracaso interno.

Trump ya había hablado de una posible “toma amistosa de Cuba”, una frase que resume el tono intervencionista de su segunda administración. En paralelo, la isla sigue pagando el costo de un modelo agotado: sin energía estable, sin reservas y sin capacidad para sostener a su propia población, mientras la propaganda oficial intenta vender resistencia donde solo hay deterioro.

La cumbre de Miami confirma que la región entra en una nueva etapa de polarización política. Para Cuba, el dato más duro es que el régimen vuelve a quedar atrapado entre la presión externa y su ruina propia, sin margen real para proteger a la gente que sigue cargando con el peso del desastre.

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