El embajador de Estados Unidos en Cuba, Mike Hammer, volvió a ponerle nombre a una realidad que el régimen intenta maquillar desde hace años: en la isla ya hay un colapso. Lo dijo sin rodeos durante una entrevista con Enrique Santos, y lo hizo a partir de lo que ha visto en el terreno, lejos del discurso oficial que insiste en pedir paciencia mientras el país se hunde en la oscuridad.
Hammer describió una Cuba asfixiada por los apagones y por una crisis energética que golpea con más fuerza a las provincias. Según su relato, la capital empieza a sufrir ahora lo que durante mucho tiempo quedó concentrado fuera de La Habana. En Matanzas, Camagüey, Guantánamo y Santiago, aseguró, hay lugares donde la gente pasa hasta veinte horas al día sin electricidad.
El diplomático narró escenas que retratan la miseria cotidiana impuesta por el fracaso del sistema: personas que duermen con el ventilador encendido para despertarse a la una o dos de la madrugada, cuando regresa la corriente, y aprovechar esas pocas horas para cocinar o lavar antes de que todo vuelva a caer. Es la imagen más cruda del derrumbe de un país donde hasta encender un fogón depende del capricho del servicio eléctrico.
Hammer también apuntó a una causa concreta del deterioro. Recordó que el problema se agravó cuando salieron del país las patanas turcas, una retirada que atribuyó a la falta de pago. La propia compañía, dijo, dejó de prestar servicio gratis. Ese episodio dejó al desnudo la precariedad de un modelo que sostiene la propaganda con una red eléctrica rota, impagable y sin capacidad de respuesta.
Sus declaraciones encajan con el diagnóstico que Washington ha reiterado sobre Cuba: un colapso estructural que ya no puede esconderse detrás de excusas externas. La realidad que describió Hammer tiene nombre y apellido dentro de la isla: apagones interminables, provincias castigadas, una capital alcanzada por la misma ruina y un régimen incapaz de sostener ni siquiera lo básico.
La entrevista llegó además después de varios recorridos del diplomático por el interior del país. En Camagüey, Las Tunas y Holguín, Hammer ha mantenido una presencia que el régimen mira con incomodidad porque rompe el aislamiento al que pretende someter a los cubanos. Desde un campanario en Camagüey, en pleno Día de la patrona de la ciudad, compartió un video en el que celebró el sonido de las campanas como una señal de esperanza en medio de la crisis.
Más tarde, en Puerto Padre, intentó visitar al activista Vladimiro Martín, que había sido detenido por la Seguridad del Estado poco antes de su llegada. Allí conversó con un niño al que le preguntó qué quería ser cuando creciera. La escena dejó otra postal del país real: represión, familias golpeadas y un aparato policial que se adelanta para impedir hasta una visita diplomática incómoda para la dictadura.
En Holguín, Hammer se reunió con monseñor Emilio Aranguren y le entregó una réplica de la Liberty Bell de Filadelfia, en conmemoración del 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos. El gesto reforzó su mensaje sobre la libertad religiosa y los valores democráticos, en contraste con el autoritarismo del régimen cubano.
La frase con la que resumió su visión —“ya hay un colapso”— termina diciendo más que cualquier discurso de la propaganda oficial. Cuba vive atrapada entre la escasez, la oscuridad y el control político, mientras el poder insiste en negar lo que ya se siente en cada provincia, en cada barrio y ahora también en La Habana.

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