La falta de combustible volvió a desnudar la fragilidad del régimen cubano y golpeó de lleno a sectores que sostienen la economía de la isla. En Cayo Coco, al menos dos grandes complejos hoteleros cerrarán este fin de semana por la escasez de gasolina, según informaron empleados, mientras el resort Mojito Cayo Coco tuvo que mover a unos 200 huéspedes al hotel Sol Cayo Coco porque los trabajadores ni siquiera podían llegar a sus puestos.
La recepción del Sol Cayo Coco confirmó la llegada de visitantes procedentes del Mojito y del Tryp Cayo Coco, en un trasiego forzado que evidencia hasta qué punto el turismo depende de una logística cada vez más inestable. Transat AT Inc., operador turístico canadiense, dijo que las autoridades cubanas reagruparon a los viajeros en hoteles con mayor ocupación para sostener el servicio. WestJet Airlines y Sunwing Vacations, que llevan a cientos de miles de canadienses a Cuba en esta temporada, aseguraron que siguen la situación y atenderán las directrices del gobierno canadiense, que ya elevó su advertencia a “ejercer un alto grado de precaución” por la crisis energética y la escasez de productos básicos.
La nueva orden ejecutiva firmada por Donald Trump endureció la presión sobre el suministro de petróleo a la isla y, junto a la ruptura del flujo venezolano, empujó al régimen a recortar rutas de transporte público, reducir horarios de oficinas y trasladar parte de la actividad universitaria a la modalidad virtual. La Unión Eléctrica de Cuba reconoció además que la generación cubriría menos de la mitad de la demanda máxima del viernes, fijada en 3.100 megavatios.
En La Habana se repitieron las filas de varias cuadras en las estaciones de servicio, en un escenario de crisis económica prolongada que sigue vaciando la vida cotidiana de los cubanos. Escuelas, bancos, panaderías y farmacias funcionaban con relativa normalidad, pero el transporte público ya sentía el recorte, sobre todo en el oriente del país, donde la empresa nacional anunció limitaciones en varios servicios. La Universidad de La Habana también postergó actividades colectivas y amplió la semipresencialidad en carreras técnicas.
El propio Miguel Díaz-Canel admitió en televisión el golpe de la medida estadounidense, a la que llamó “bloqueo energético”, y reconoció que la escasez de combustible afecta la transportación, la producción de alimentos, el turismo y el funcionamiento de hospitales, escuelas e instituciones. La isla produce apenas el 40% del combustible que consume y depende de un suministro externo que ahora se estrecha con más fuerza.
El turismo, una de las pocas fuentes de divisas que el régimen ha vendido como salvación, volvió a dar señales de retroceso. El sector cayó un 18% en visitantes el año pasado frente a 2024 y se mantuvo un 62% por debajo del récord de 4,7 millones de viajeros alcanzado en 2018. Ese derrumbe se traduce en cierres de hoteles, incertidumbre laboral y una economía que ya no logra sostener ni siquiera su escaparate principal.
En las calles de la capital, el cansancio se convirtió en rutina. Vecinos que deben caminar largas distancias para ir al trabajo o que no encuentran cómo regresar a casa describen un país donde todo depende de aguantar. “Se está viviendo como se puede”, dijo Cristina Díaz, empleada y madre de dos hijos. El estudiante Emilio Padrón expresó resignación ante el llamado oficial al sacrificio, una consigna gastada que el régimen repite mientras la población carga con las consecuencias del colapso.

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