Cuba llegó a Fitur con el mismo discurso de siempre: pedir confianza afuera mientras adentro se derrumba la base material que sostiene cualquier promesa turística. El régimen busca de nuevo al mercado europeo, con España en el centro, para intentar frenar la caída de un sector que pasó de 4,7 millones de visitantes en 2018 a unos 1,8 millones en 2025. La cifra retrata un desplome que ya no se tapa con propaganda ni con eslóganes sobre la “reinvención” de la isla.
El ministro de Turismo, Juan Carlos García Granda, trató de maquillar la realidad con frases sobre seguridad, infraestructura y supuestas ventajas frente a otros destinos del Caribe. Pero el problema de fondo está a la vista: la crisis económica, la crisis energética, el deterioro de los servicios, las rutas aéreas recortadas y las sanciones estadounidenses han golpeado la experiencia del visitante y han vaciado de credibilidad la oferta turística del régimen. Cuba sigue presentándose como destino estrella mientras acumula apagones, escasez y una sensación general de colapso que también se mete en los hoteles.
El propio ministro admitió que los resultados del año pasado “no fueron buenos”, una confesión que confirma el fracaso de un sector que durante años funcionó como motor de la economía oficial y como fuente de divisas para un aparato estatal incapaz de sostenerse con producción real. En vez de resolver las causas del derrumbe interno, La Habana insiste en buscar oxígeno afuera, como si un escaparate internacional pudiera tapar la pobreza energética y el deterioro social que atraviesan la isla.
García Granda intentó además minimizar el impacto de la crisis eléctrica al asegurar que los grandes polos turísticos cuentan con generación propia y que avanzan parques fotovoltaicos por todo el país. La explicación revela la desigualdad brutal del modelo: enclaves aislados para visitantes extranjeros, mientras el resto de Cuba carga con apagones desde agosto de 2024 y con una vida cotidiana marcada por la carencia. El turismo del régimen sobrevive separado del país real, protegido por soluciones que no llegan ni a barrios ni a hospitales.
El discurso oficial también volvió a culpar a las sanciones de Washington por el mal estado del sector. García Granda las presentó como parte de una campaña para destruir el turismo cubano y puso como ejemplo la eliminación de los cruceros bajo Donald Trump. En esa lógica, el régimen convierte cada tropiezo propio en una acusación externa, aunque el deterioro de la isla responde también a años de ineficiencia, control político y ruina administrativa.
Desde Meliá, Gabriel Cánaves dejó otra lectura de la temporada invernal al señalar que el flujo hacia Cuba se habría comportado mejor si no hubiera ocurrido la operación estadounidense para detener a Nicolás Maduro. La observación confirma que el turismo de la isla depende cada vez más de factores ajenos y de una región convulsa, mientras La Habana sigue aferrada a la idea de que Europa puede rescatar un modelo agotado. Cuba quiere volver a ser atractiva para el viajero europeo, pero primero tendría que resolver la realidad que el régimen se empeña en esconder: una economía quebrada, un país a oscuras y un sistema incapaz de sostener ni siquiera su principal vitrina.

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