Cuba quedó este lunes a oscuras tras la desconexión total del Sistema Electroenergético Nacional, mientras la Unión Eléctrica admitía que no se habían reportado averías en las termoeléctricas que estaban en servicio cuando se produjo la caída. El país volvió a pagar de golpe el precio de una red agotada, inestable y sostenida con parches que ya no alcanzan ni para sostener un día completo.
La propia UNE informó en Facebook que “no se reportan averías en ninguna de las unidades térmicas que estaban en funcionamiento en el momento que ocurrió la desconexión del SEN”, al tiempo que el Ministerio de Energía y Minas dijo que las causas seguían bajo investigación. Esa admisión pública deja al descubierto algo más grave que un simple tropiezo técnico: el sistema eléctrico cubano colapsa sin capacidad real de respuesta y sin una explicación convincente de su propio aparato oficial.
La caída total llegó después de una jornada marcada por apagones en todo el territorio nacional. El día anterior, la UNE había reportado afectaciones por déficit de capacidad durante las 24 horas, con una máxima de 1.891 megavatios a las 7:20 p. m. Ya desde la madrugada del 16 de marzo, el parte oficial mostraba un país con apenas 1.140 megavatios de disponibilidad frente a una demanda de 2.347, mientras 1.220 megavatios seguían fuera de servicio.
El panorama de generación era igualmente precario. Entre las unidades en avería figuraban la 5 de la CTE Mariel, las unidades 2 y 3 de la CTE Santa Cruz, la 2 de la CTE Felton y las unidades 3 y 6 de la CTE Antonio Maceo. A eso se sumaban mantenimientos en la unidad 6 de Mariel, la 5 de Nuevitas y la 4 de la CTE Carlos Manuel de Céspedes, en Cienfuegos, junto a 492 megavatios limitados por fallas en la generación térmica.
Incluso con ese cuadro, la empresa todavía preveía para la hora pico una disponibilidad de 1.220 megavatios frente a una demanda máxima de 3.150. El cálculo dejaba un déficit de 1.930 megavatios y una afectación pronosticada de 1.960. Es decir, antes del apagón total ya había un colapso anunciado en las propias cifras oficiales.
Después de la desconexión, la UNE informó que comenzaban a funcionar microsistemas en varios territorios y que Energás ya tenía una unidad generadora en servicio. Son respuestas parciales para una crisis mayor. En la vida real, significan horas de calor, incertidumbre en los hogares, presión sobre hospitales y paralización de actividades básicas en medio de una economía que depende de una electricidad que el régimen no logra garantizar.
La generación solar tampoco evitó la debacle. Los 52 nuevos parques fotovoltaicos produjeron 4.262 megavatios hora y alcanzaron una potencia máxima de 732 megavatios en el horario de la media, según el propio parte oficial. La cifra sirve para medir la magnitud del deterioro: ni esa entrada fue suficiente para sostener un sistema hundido por la antigüedad de las termoeléctricas, la falta de combustible, las averías constantes y la improvisación acumulada.
El apagón total volvió a poner sobre la mesa la responsabilidad política del régimen. La crisis energética castiga por igual a todo el país, pero golpea con más fuerza a los hogares pobres, a los ancianos y a quienes dependen de servicios que no pueden operar a oscuras. La oscuridad de este lunes dejó otra prueba del fracaso de un modelo que exige obediencia y entrega apagones.

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