Miguel Díaz-Canel volvió a acudir a la épica de la resistencia para responder a Donald Trump y a Marco Rubio, en un momento en que el régimen carga sobre la crisis interna el peso de su propia debilidad. Desde sus redes sociales, el gobernante cubano acusó a Washington de querer adueñarse del país, de sus recursos y hasta de la economía de la Isla, mientras advertía que cualquier agresor externo chocará con una “resistencia inexpugnable”.
La respuesta llegó después de una escalada de declaraciones desde la Casa Blanca. Trump calificó a Cuba como una “nación fallida” y aseguró que podría “tomar” el país, con frases que reforzaron la retórica de confrontación entre ambos gobiernos. Díaz-Canel aprovechó ese tono para presentarse otra vez como defensor de la soberanía nacional, aunque en la práctica su discurso intenta tapar el deterioro que vive la población dentro de Cuba.
El problema es que la retórica oficial no tapa los apagones prolongados, la falta de combustible, el desgaste de las termoeléctricas y el abandono del sistema eléctrico. La Isla sigue hundida en una crisis energética que golpea cada jornada la vida de las familias, sobre todo en las noches, cuando la oscuridad se vuelve rutina y la precariedad deja de ser excepción.
A ese cuadro se suma una crisis económica y alimentaria que ya vació los anaqueles y pulverizó el salario. Arroz, aceite, harina y carne escasean, mientras la inflación y la dolarización parcial del mercado empujan a la mayoría a una desesperación cotidiana que el régimen pretende maquillar con consignas de resistencia. La realidad, sin embargo, es otra: el Estado no garantiza lo básico y luego exige obediencia política como si el sacrificio fuera ajeno a su propia incapacidad.
En ese ambiente también se multiplican los reclamos en todo el país. El último martes, los cubanos protagonizaron su duodécimo día consecutivo de protestas, pese al despliegue de policías y fuerzas represivas que las denuncias en redes sociales dejaron en evidencia. La respuesta del poder sigue siendo la misma de siempre: vigilancia, presión y castigo para contener el descontento que nace del hambre, los apagones y la desesperanza.
El choque verbal con Washington le sirve al régimen para replegarse en su relato de plaza sitiada. Pero la mayor amenaza para Cuba no está en el lenguaje de Trump ni en las bravatas de la Casa Blanca: está en un sistema que no resuelve la crisis, reprime la protesta y convierte cada dificultad nacional en otro argumento para cerrar filas alrededor del poder.

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