El dólar dispara los precios en Holguín

HOLGUÍN, Cuba. — La subida del dólar volvió a empujar los precios en Holguín y dejó al descubierto otra vez la fragilidad de la economía cubana. Una pizza pequeña pasó de 150 a 200 pesos en pocos días, mientras artículos tan básicos como un cepillo de dientes, un jabón o un paquete de detergente se fueron volviendo cada vez más inalcanzables para la gente común.

La escena en la provincia resume lo que vive hoy el país: los cubanos cobran en pesos, pero la mayor parte de los productos esenciales termina marcada por una moneda extranjera que no se gana en el salario estatal. Cuando el dólar sube en el mercado informal, sube también la comida, los aseos y cualquier mercancía que dependa de importaciones o de insumos comprados fuera del circuito oficial.

María del Carmen Rojas describió la presión cotidiana con una frase sencilla y brutal: “La cuenta no da por ningún lado”. Para ella, el salto de precios llegó de un día para otro y convirtió compras normales en un gasto pesado. Roberto Domínguez apuntó hacia otro combustible de la escasez: el acaparamiento. Dijo que se esconden aceite, arroz y azúcar para revenderlos más caros cuando aprieta la falta de oferta. Ese negocio prospera donde el Estado no garantiza abastecimiento ni disciplina de mercado.

Ricardo Villamil puso nombre a la regla que hoy manda en la calle: si sube el dólar, sube todo lo demás. Recordó que en diciembre la divisa estaba en 450 pesos y ahora ronda los 515 en el mercado informal. Esa caída del peso cubano alimenta el rechazo a los mecanismos bancarios oficiales y empuja a la población a refugiarse en el dólar o el euro para intentar proteger lo poco que tiene.

El golpe cae con más fuerza sobre los trabajadores del Estado. Sus salarios siguen pagándose en pesos cubanos, mientras los bienes de consumo se venden al ritmo del mercado informal o directamente ligados al dólar. Un mes entero de trabajo ya no alcanza para sostener una familia, y esa realidad deja desnuda la ruina del poder adquisitivo en la isla.

Laura Cárdenas lo dijo sin rodeos: el país no produce ni un alfiler. Las mipymes pueden traer comida, pero la venden según la cotización del dólar informal. Esa dependencia castiga de inmediato cualquier salto cambiario y confirma la quiebra de un modelo que destruyó la producción nacional y dejó al cubano atrapado entre la escasez y la especulación.

La inflación también golpea a quienes intentan sobrevivir por su cuenta. Osvaldo, que pidió reservar su identidad para evitar represalias, explicó que compra harina y levadura en la calle, al precio que marque el dólar clandestino, porque el Estado no le vende insumos. Después soporta el enojo de los clientes, que ven el precio final sin mirar el origen del costo. Así se ha formado una economía de supervivencia donde los mismos cubanos terminan enfrentados entre sí para no hundirse.

El desastre productivo agrava todo. Lorenzo Varona recordó que se perdieron cosechas porque no las recogían a tiempo y que siguen cayendo el arroz, los frijoles, la carne de cerdo y la leche. Frank Recio añadió el derrumbe del azúcar y la pérdida de frutas como el mango, que se pudren en el suelo por mal trabajo, descontrol e irresponsabilidad. Cada falla del aparato económico termina convertida en más escasez y más carestía para la población.

Los propios directivos del régimen han reconocido que el llamado “Programa para corregir distorsiones y reimpulsar la economía” no logra sus objetivos y arrastra fallas de diseño, implementación y control. Manuel Marrero lo admitió, y Joaquín Alonso Vázquez vinculó la inflación a la escasez de divisas, combustibles y energía, además de incumplimientos en varias producciones. Las admisiones llegan tarde, pero las consecuencias ya las paga la gente en la calle.

En Holguín, la inflación dejó de ser una cifra para especialistas. Es la pizza que sube de un día para otro, el jabón que se vuelve lujo, la harina que se compra en la esquina, el salario que no alcanza y la moneda nacional que pierde valor a la vista de todos. Es la prueba más clara de un régimen que destruyó la producción, vació el peso y obligó a los cubanos a sobrevivir en una economía cada vez más hostil.

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