Ecuador declaró persona non grata al embajador de Cuba, Basilio Antonio Gutiérrez, y le dio 48 horas para abandonar el país, en una decisión que arrastró también al resto del personal de la delegación diplomática y cortó de golpe las relaciones con La Habana. La medida llegó acompañada de un video viral que mostró a un funcionario de la embajada cubana quemando papeles en la terraza del edificio, una escena que terminó de exhibir el deterioro de la relación entre ambos gobiernos.
La cancillería ecuatoriana no explicó los motivos de la expulsión. Se limitó a invocar la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas, el mismo marco que permite a un Estado expulsar sin dar razones a un diplomático declarado indeseable. En paralelo, el presidente Daniel Noboa dispuso también el fin de las funciones del embajador ecuatoriano en La Habana, José María Borja, y cerró así una relación bilateral que venía desde 1960.
El golpe diplomático no fue aislado. La reacción vino en medio del alineamiento de Quito con Washington en la ofensiva regional contra el narcotráfico y el crimen organizado, mientras Noboa prepara su participación en una reunión en Florida con Donald Trump y otros mandatarios latinoamericanos cercanos a la Casa Blanca. El episodio ocurrió, además, el mismo día en que las Fuerzas Armadas ecuatorianas anunciaron operaciones conjuntas con Estados Unidos contra organizaciones terroristas en ese país.
Para el régimen cubano, la expulsión cayó en el peor momento posible. La respuesta oficial desde La Habana habló de una decisión arbitraria, injustificada e inamistosa, y acusó al gobierno ecuatoriano de actuar bajo presión de Estados Unidos. También defendió que su personal en Quito respetó las leyes locales y atacó el cierre como un golpe a la amistad entre ambos pueblos. Pero la imagen que quedó fue otra: la de una embajada cubana recogiendo y quemando documentos a toda prisa, en un país que acaba de cerrarle la puerta a La Habana.
La ruptura con Ecuador se suma a una cadena de choques del régimen con gobiernos de la región que han endurecido su postura frente a las dictaduras aliadas de La Habana. Para Cuba, cada pérdida de influencia diplomática pesa más de lo que admite su cancillería, porque reduce margen político, aísla aún más a su aparato exterior y confirma el desgaste de una política exterior atada a la protección de regímenes afines y al choque permanente con Estados Unidos.

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